La música se escucha a lo lejos. Estoy en la Casa de la Música en Jericó. La única música que se escucha hoy en la casa museo son grabaciones, emanando de parlantes de dudosa calidad de los televisores en las salas de exhibición. Cada sala contiene instrumentos musicales de distintas partes del mundo, adquiridos por el exvicepresidente de la empresa disquera Codiscos, Álvaro Arango Gaviria.

Por alguna razón, siento una especie de tristeza por estos instrumentos. Detrás de vitrinas, en cajones, con anuncios de prohibido tocar. Todos ansiando ser tocados una vez más. Prohibir el único propósito con el que nace un instrumento, tocarlo, es como una tortura.

Esta sede de la Casa de la Música fue inaugurada el 23 de noviembre de 2024. En el patio interior, el piso es de concreto. Las paredes blancas con columnas de madera, por las cuales crecen enredaderas florecidas. Sentado en una de las bancas del patio, veo cómo un pajarito se entrelaza por las enredaderas.

Detrás de una de las paredes de la casa, se alcanza a escuchar un rastro de música en el exterior. Parecía un cover de la canción Feeling Good, distinto al famoso cover de Nina Simone. Al contrario de instrumentos aprisionados, esta música se escucha y se siente viva.

En búsqueda de esta música viva, siguiéndole el rastro, paso por la Capilla de La Visitación hasta llegar a La Oculta, un monasterio convertido en casa cultural, convertido en mall gastronómico y hospedaje. La música que escuchaba desde las paredes de la Casa de la Música provenía de aquí. Es Jazz Blues, y aunque no era exactamente en vivo (era de una playlist de YouTube), se sentía más viva que las grabaciones de la Casa de la Música.

En una de las esquinas de La Oculta, me entero de una triste noticia: la fonda de tango El Caminito había cerrado sus puertas. En mi última visita hace un par de semanas, conversando con su administrador, su cierre era algo a lo que había hecho alusión, pero no era seguro.

Ahora esta esquina se encontraba vacía. Su puerta cerrada. Era un lugar que, aunque no había visitado mucho, sentía iba a extrañar. Saber que estaba ahí era reconfortante, un recuerdo de mi estadía en Jericó hace dos años, cuando me alojé por una semana en este antiguo monasterio. Ahora, sin esta fonda, y la casa con un nuevo nombre (en ese entonces se llamaba Bomarzo), las evidencias físicas de ese recuerdo iban desapareciendo poco a poco.

El Jazz Blues de la playlist de YouTube continuaba mientras caminaba por el antiguo monasterio. En la esquina opuesta a la fonda de tango clausurada, abrieron una librería nueva. Pensé que en los pueblos las cosas no cambiaban.

El dueño de la librería, luego de ver mi cámara, sacó de sus estantes varios libros viejos y revistas con la marca Kodak en su portada.

— “¿Cerraron el bar de tango?” le pregunté.

— “Lo cerraron. De pronto lo vuelven a abrir, en Guatapé o en El Retiro.”

Con un nuevo año, y ya casi pasado enero, habían abierto una nueva sede de la Casa Museo, habían cerrado la fonda de tango, habían cambiado el nombre de esta antigua casa monasterio de Bomarzo a La Oculta, y habían abierto esta nueva librería.

¿Esto es lo que traerá este año, cambio tras cambio tras cambio? A riesgo de sonar como viejo, este año está volando, y espero poder seguirle el ritmo.

Y así no más, se fue enero.


Camilo Mazo

Camilo Mazo es aventurero, fotógrafo y autor de Fukuoka to Naples. Ha viajado, trabajado y documentado culturas en Asia, Oceanía, Europa, Norteamérica, Centroamérica y Sudamérica, explorando perspectivas de vida de distintas culturas a través de sus relatos y fotografías.

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