Todo comienza con ir más despacio. Caminar adrede y a conciencia. Así se va liberando la mente de ciclos extraños: ansiedades, miedos y desesperos.

Son las 7 a.m. y estoy en el centro histórico de Cartagena. Tengo decenas de puntos marcados en mi mapa, bienes de interés cultural, monumentos nacionales, lugares por conocer y comidas por probar. Entre tantos puntos, debo recordarme la verdadera razón por la que están ahí. Es lo que se vive entre las líneas que los conectan, lo inesperado que sucede entre cada uno de ellos, observando cada momento con atención. Los puntos están ahí, más como brújula para ayudarme a conectarlos.

Calle por calle, camino conscientemente y empiezo a sentirme más en calma. Las calles están vacías, excepto por algunos trabajadores abriendo locales, personas camino a sus trabajos y uno que otro turista madrugador, como yo.

Coloridas casas coloniales adornan las angostas calles: naranjas, azules, rojas y blancas, con grandes portones de madera y hierro enmarcados en piedra coral. En algunas esquinas encuentro vendedores de frutas, tinto y cigarrillos. A veces, y con suerte, paso por un portón abierto que normalmente estaría cerrado, revelando mundos en su interior. Algunas casas se ven en ruinas; otras actúan como habitaciones improvisadas, casas olvidadas o casas en remodelación.

Puesto callejero de madera pintada de blanco, exhibiendo cocos a la venta en el centro de Cartagena
Trabajador dentro de antigua casa colonial en el Centro de Cartagena, en medio de trabajos de remodelación

El calor aún no penetra las murallas, y por algunos corredores corren fuertes corrientes de aire, evaporando cualquier indicio de transpiración. Después de todo, apenas comienza el día. El aire transporta olor a mar con un toque de humedad.

En una de las angostas calles, una fila de carros espera y pita impacientemente, mientras unas turistas abordan su transporte, una por una, sin el menor afán ni preocupación en el mundo.

En la Plaza Bolívar tomo mi primer descanso. Remodelada hace un par de años, su vegetación, pisos, puertas y bancas recibieron una bien merecida atención. Le colocaron banderas, restauraron sus bancas y pintaron sus puertas. La plaza está hermosa y la estatua de Bolívar reluciente.

Un lugar nuevo es ideal para despejar la mente. Me siento con mis pensamientos y los dejo correr. Les doy espacio para que aparezcan y se desvanezcan. Dejo correr en mi mente preocupaciones y miedos y los observo con tranquilidad. Así se muestran como realmente son: un gran tamal de miedos vacíos e irracionales.

Puesto callejero de madera, de venta de frutas, mango, mango pelado y papaya
Vendedor montado en su bicicleta, cruzando la Plaza de Bolívar frente al Palacio de la Inquisición

Camino calle por calle, como en un juego de Pac-Man. Cerca de la Plaza de las Bóvedas encuentro una sencilla tienda, Lonchería Polo Norte, donde algunos locales comen empanadas. Pido una empanada sencilla y está riquísima: su interior bien sazonado y su exterior, una especie de hojaldre, es crujiente y placentero. En mi juego de Pac-Man, lugares como estos son la cereza de recompensa.

Calle por calle, tengo la oportunidad de revisitar viejos favoritos del centro. Café y librería Ábaco, con sus arcos de ladrillo, sus paredes cubiertas de libros y su ambiente tranquilo con música jazz. La Esquina del Pandebono1, con sus pandebonos que, con cada probada, ganan un toque más de misticismo y magia. Esponjosos, redondos, con un polvo espolvoreado que despierta un gusto casi reptiliano.

Se acerca la tarde y los pies piden un descanso. Caminando despacio y a conciencia, dejo que los pensamientos rumien en mi mente y continúen su camino. Con muchos puntos visitados en mi mapa, es el espacio en el medio mi verdadero destino. No es a dónde llego ni de dónde comienzo, es cómo vivo el tiempo entre cada uno de ellos.

Estante de madera con venta de cigarrillos y otros objetos, muro descolorido de una casa antigua en proceso de remodelación
Cuadros de pintura a la venta en el piso, en una de las calles del Centro de Cartagena

  1. Un par de semanas después de mi última visita, La Esquina del Pandebono en el centro de Cartagena, diagonal a la Universidad de Cartagena, cerró sus puertas. La razón parece ser que los arrendadores del local solicitaron su devolución. Los propietarios de La Esquina del Pandebono están en búsqueda de un nuevo lugar para abrir nuevamente en el centro. ↩︎


Camilo Mazo

Camilo Mazo es aventurero, fotógrafo y autor de Fukuoka to Naples. Ha viajado, trabajado y documentado culturas en Asia, Oceanía, Europa, Norteamérica, Centroamérica y Sudamérica, explorando perspectivas de vida de distintas culturas a través de sus relatos y fotografías.

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