Por dónde me metí. Sin darme cuenta, había pasado de una vía pavimentada a una destapada, y de una vía destapada a un sendero angosto y empantanado. En mi afán de avanzar, de ir, de actuar, me fui adentrando en un camino cada vez más complicado. Voy en moto y, después de dos pantanos profundos, donde casi quedo atrapado y que nos cubrieron de barro a mí y a la moto, llegué a una bajada de piedras, dispareja y precaria. En realidad, esto supera mis habilidades sobre dos ruedas. Con la adrenalina aún en la cabeza y con unas vacas observándome desde un potrero a la derecha, decido cortar mis pérdidas y devolverme, antes de meterme en más apuros.

De regreso a la carretera, mi mente seguía atascada en esos pantanos:

“¿Por qué me metí ahí?”

“Quedé vuelto nada, yo y la moto.”

“¿Qué van a pensar las personas al verme así?”

Sabía que eran pensamientos sin importancia, sin trascendencia, pero aun así rondaban mi cabeza y no lograba deshacerme de ellos.

Son bobadas, cosas pequeñas que cargo conmigo innecesariamente. Esos pequeños detalles, pensamientos que no dejo ir, molestias mínimas, inconformidades menores, si no los suelto, empiezo a cargarlos como piedras y barro en los zapatos.

Continúo mi camino hacia Santa Elena, un corregimiento en las montañas rurales a las afueras de Medellín. Aquí hay una extraña combinacion de casas campesinas y potreros con lujosas y modernas casas y conjuntos residenciales cerrados. La expansión de la ciudad ha ido transformando esta zona rural, dando paso a desarrollos inmobiliarios, tráfico y locales comerciales. Aun así, Santa Elena mantiene su esencia de campo. A lado y lado de la carretera se ven cultivos, vacas, personas cosechando y, con algo de suerte, una que otra hermosa vista de Medellín desde lo alto.

Me interno por calles angostas, esquivando carros, y pasando frente a cultivos y casas campesinas. Cada calle sin salida es una oportunidad para descubrir rincones rurales y ocultos de Medellín. Al final de una de estas calles me encuentro con una puerta cerrada que lleva al radar “Doppler” de SIATA, el Sistema de Alerta Temprana de Medellín y el Valle de Aburrá, que monitorea el clima de la región.

Con la mente todavía cargando detalles menores y preocupaciones sin trascendencia, decido hacer una parada. En una “Y” de la carretera encuentro un par de locales que me invitan a detenerme: la repostería Ciruela, la panadería Paneros y una tienda de barrio. En la tienda, consigo agua para limpiar el barro ya seco y duro de mi ropa y zapatos. Luego, me siento en Paneros a comer un brownie caliente. La tarde está fría y el sol se esconde rápido, anunciando el final del día. Antes de que llegue la oscuridad, doy por terminada la aventura y retomo mi camino a casa, para descansar, limpiarme y, sobre todo, dejar de cargar preocupaciones sin importancia.


Camilo Mazo

Camilo Mazo es aventurero, fotógrafo y autor de Fukuoka to Naples. Ha viajado, trabajado y documentado culturas en Asia, Oceanía, Europa, Norteamérica, Centroamérica y Sudamérica, explorando perspectivas de vida de distintas culturas a través de sus relatos y fotografías.

Esta pagina es apoyada 100% por la venta de libros.