“Solo funciona con una moneda de 200 de las grandes”, enunció el cantinero del Atlenal, en Envigado. Esas eran las antiguas monedas de 200 pesos. Era un viejo tocadiscos, probablemente un Seeburg de la década de los cincuenta, con capacidad para cien vinilos, muchos de ellos de tango. Había visto varias de estas máquinas en el Salón Málaga, en el centro de Medellín, pero, a diferencia de Málaga, esta estaba encendida y lista para aceptar una vieja moneda a cambio de una canción.

El tango era la especialidad de este bar, junto con su obsesión por el equipo de fútbol antioqueño Atlético Nacional: Bar Atlenal. En las paredes colgaban recuerdos del equipo, de tango y otras antigüedades.

Antes de pedírselo, el cantinero ya tenía en mano una moneda de 200 pesos vieja, listo para cambiármela por una de mis monedas nuevas, inútiles para esta máquina. “Primero hunde la letra y luego el número”, me dijo con su acento paisa.

El cantinero apagó la música del equipo de sonido, a la espera de mi elección. Escaneé las cien opciones del catálogo y no encontré ningún tango conocido, pero el cantinero me observaba y no quería mostrar duda. Inserté la vieja moneda y los botones se iluminaron. Seguí las indicaciones, primero la letra y luego el número: H5.

A través de la ventana hacia el interior del tocadiscos, se asoma un vinilo y comienza a girar verticalmente. El sonido era fuerte, seguro, pero agotado. El origen de su agotamiento podría ser la edad del disco, del tocadiscos o, quizá, de mí. Después de casi un minuto escuchando la orquesta, resonó la voz de Ángel Vargas: “No me busques, te lo ruego, ya no quiero atar mi suerte…”.

Catálogo de canciones dentro del tocadiscos, donde se ven opciones de vals, tango y zamba.
Escuchar: Déjame vivir mi vida
Ventana al interior del tocadiscos, probablemente un Seeburg de la década de los cincuenta. En el mecanismo de reproducción se lee: 100 Select-O-Matic Mechanism. Encima del mecanismo hay un modelo miniatura de un avión comercial de Air France.
Solo monedas de $200 viejas

Estaba en el centro de Envigado, visitando y revisitando lugares. Me sentía cansado. Agotado en la búsqueda de no dejar pasar el tiempo y dedicarlo a lo que realmente quiero: salir, conocer y observar, así mi ánimo estuviera bajo.

El cielo estaba nublado. Desde la Plaza Principal de Envigado, donde apenas había parado de llover, caminé hasta Libros y Café Envigado. En su entrada hay un letrero que dice: Aquí revistas para vision board 2026. Es una perfecta encapsulación de cómo se siente este enero: optimista, soñador y con algo de incertidumbre.

Entre hileras de libros y revistas usadas, hacia donde más gravito hoy (y casi siempre) es hacia historias de viajes y expediciones. Mi primer encuentro es un libro de Jacques Cousteau y una de sus expediciones: El viaje de Cousteau por el Amazonas. Me recuerda a una gran película de Wes Anderson, La vida acuática con Steve Zissou. El personaje principal de esta película, Zissou, está inspirado en Jacques Cousteau.

Mis manos terminan empolvadas después de inspeccionar el libro. Son libros viejos y quién sabe cuándo fue la última vez que alguien les prestó atención. Aun así, me alegra que tengan este escenario, rodeados de personas que aprecian lo antiguo. Entre las hileras de libros y antigüedades, una pareja brota de emoción con cada nuevo viejo hallazgo. El hombre, rebuscando a mi lado, demuestra su sorpresa al encontrar un viejo VHS. La mujer, tan emocionada por sus propios descubrimientos, que su contraparte le pide un momento de calma en buen humor.

Cerca de Libros y Cafés, me topo con Massara Sol, una tienda de arepas que hace tiempo quería probar. Atendiendo detrás de un mesón se encontraba una mujer joven. Me contó sobre las arepas. Manejan muchos tipos, pero todas sin preservantes ni ingredientes añadidos, puro maíz molido, como lo hacían en épocas pasadas en las casas antioqueñas, muy temprano y casi todas las mañanas. Molían el maíz y preparaban arepas frescas para el desayuno, antes de que la gente aprendiera que se podían vender, que se podían comprar y que podían evitarse esa tarea diaria. Compré un paquete de arepas de chócolo y otro de maíz blanco para probarlas en la noche.

De regreso a la plaza principal, antes de terminar la caminata, por fin salen de entre las nubes los últimos rayos de sol de la tarde. Iluminan la iglesia antes de esconderse entre los edificios. Aprovecho este breve momento para sentarme y capturar las últimas fotos en blanco y negro. También para hacer inventario de mi interior. ¿En qué persona me estoy convirtiendo si sigo por este camino? ¿Cómo terminaré?

Luego de caminar, observar con atención, tomar fotografías y abrirme a lo inesperado y a las interacciones de una simple caminata, me siento más optimista respecto a estas preguntas y a sus posibles respuestas.

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Antiguedades La Cucaracha
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Massara Sol
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Libros y Café Envigado
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La Corona
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Bar Atlenal
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Parque Principal Envigado

Camilo Mazo

Camilo Mazo es aventurero, fotógrafo y autor de Fukuoka to Naples. Ha viajado, trabajado y documentado culturas en Asia, Oceanía, Europa, Norteamérica, Centroamérica y Sudamérica, explorando perspectivas de vida de distintas culturas a través de sus relatos y fotografías.

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