Tenía que haber escogido el día de hoy para caminar por el estadio. Cualquier otro día, ¿pero por qué hoy?. Las calles rebosaban de personas con ropas inusuales. Gafas de moda, pañoletas, sombreros de paja. Las personas hacían una fila que parecía no terminar, y de todas las aceras cruzaban más personas, todas hacia un mismo rumbo. Circundando a estas personas de looks extraños, había un enjambre de vendedores ambulantes. Vendían de todo. Chuzos de carne, sombreros, gafas, cerveza, guaro y camisas y llaveros de Bad Bunny. Hoy tenía su concierto en el Atanasio Girardot, el primero de tres fechas seguidas.

Eran las tres de la tarde y hacía calor. Alejándome de la multitud y de los vendedores, llegué a mi primer destino ya sudando y agotado. Subí las escaleras de la librería Grámmata y llegué a una segunda librería, Palinuro, de libros “leídos”. Había un grupo de señores mayores conversando y asomándose por el balcón. Mientras ellos conversaban, recorrí las estanterías buscando curiosidades entre revistas, discos y libros usados.

Seguí caminando por los alrededores del estadio, sintiendo el calor del día. Sentía algo extraño en mí, como si estuviera cargando algo mientras caminaba. Aun así, seguí avanzando, tratando de entender qué estaba pasando. Desde todas las esquinas se escuchaba Bad Bunny. En restaurantes, en cafés y en tiendas de barrio. Mientras me alejaba del estadio hacia Laureles, parecía que fuera contra la corriente. Las personas y los carros iban en mi sentido opuesto. Todas, sospechaba, con un mismo destino, el show de Bad Bunny.


En la librería y café Antimateria por fin sentí que el calor bajaba. ¿Cómo un artista puede llegar a tener tanto impacto en un lugar? Alcanzar tal nivel de éxito que toda una ciudad se pone a su disposición. Es un logro inmenso que merece admiración y respeto. Mientras pensaba en esto, vi frente a mí algunos estantes de la librería en remate. Había libros y libros en descuento, además de los libros y libros en las estanterías normales. Eran tantos que jamás podría leerlos en una sola vida. Tantos que se podía cruzar por estanterías completas, dedicándole a todos los libros menos tiempo del que dura un verso de una canción

¿Cuál era el punto de todo esto? ¿Podría una persona sentirse satisfecha al ver su cara por toda la ciudad, escuchando sus creaciones en cada esquina? ¿Podría alguien crear algo sabiendo que puede tener éxito por encima de sus más grandes expectativas, o sabiendo que podría terminar en una caja de descuentos en una tienda de libros usados?

Cuando llegué al Segundo Parque de Laureles ya había bajado el sol. En el parque estaba la escultura Las Américas Unidas, de Pedro Nel Gómez. La inscripción a un costado de la escultura indica:

“Pedro Nel Gómez, artista, arquitecto y urbanista, soñó y dibujó la traza urbana de Laureles como un barrio moderno y autónomo, para el buen vivir. Un hábitat de frondoso paisaje, amplias avenidas, antejardines, lugares de comercio y parques para el encuentro y diálogo ciudadanos. Las Américas Unidas es una metáfora plástica del devenir de nuestros pueblos, que fusiona en el flujo incesante de su fuente lo ancestral, lo que somos y lo que anhelamos, en un susurro que deja escuchar las voces de los avasallados y olvidados de nuestra historia.”

Lo que no menciona la inscripción es que la escultura fue diseñada junto a Rodrigo Arenas Betancourt, entre 1942 y 1943. La obra original estaba destinada a la Plaza Nutibara de Medellín a escala monumental, pero nunca se completó. Su concepto era el de homenajear las culturas indígenas de 21 países de América, cada una con su emblema y simbología representativa. De estos, solo 13 fueron realizados y conservados: Bolivia, Colombia, Costa Rica, Cuba, Ecuador, Estados Unidos, Guatemala, México, Panamá, Paraguay, Perú, Uruguay y Venezuela.

Entre las amplias avenidas y antejardines de Laureles, paso por casas donde algunos señores mayores observaban desde el balcón. Encuentro un pequeño local de venta de discos de vinilo, Café & Vinilos. Sonaba Sade, y no podía imaginar un mejor ambiente para ver la noche caer y terminar de cargar lo que fuera que estuviera llevando conmigo. Era el único cliente. En la entrada se veía la gente pasar, con sus pintas de concierto, camino al estadio. Entró una señora mayor para usar el baño y conversar un rato con las administradoras del local, una madre y su hija.

Pedí un Didi a casa y, antes de despedirme del conductor, sonaba “La Canción” de Bad Bunny.

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Antimateria Libros y Café
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Vinilo & Café
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Segundo Parque de Laureles
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Librería Palinuro

Camilo Mazo

Camilo Mazo es aventurero, fotógrafo y autor de Fukuoka to Naples. Ha viajado, trabajado y documentado culturas en Asia, Oceanía, Europa, Norteamérica, Centroamérica y Sudamérica, explorando perspectivas de vida de distintas culturas a través de sus relatos y fotografías.

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