Marzo 27, 2026 — Día 22 — Lima a Ica (301 km)

Estaba de nuevo en el desierto, y esta vez se sentía más intenso. El viento caliente ya no me refrescaba; por el contrario, sofocaba. Bajo mi chaqueta y pantalones gruesos con protección. Debajo de mis dos bufandas para proteger el cuello del sol. Al interior de los guantes de protección. Capas y capas que hoy actuaban como un horno. Sentía el sudor caer por mi espalda. Era peor cuando tenía que parar en un semáforo y no podía contar ni con el viento caliente.

El trayecto de hoy me llevó por los mismos paisajes áridos y desérticos de la costa, que a veces siento son infinitos. De igual forma, estaba contento de salir de Lima, de volver a la soledad y a estos paisajes. Con una nueva capital visitada, se renuevan las energías para continuar lo que queda del camino. Ya crucé el punto medio de Perú y cada vez se siente más cerca la frontera chilena.

En Ica, luego de instalarme en mi hospedaje y refrescarme, salí a conocer el oasis de Huacachina. Estaba comenzando el atardecer y uno de los planes más populares en la zona es verlo en las dunas. Salí en la moto sin todas las capas protectoras que llevo en los trayectos largos, solo un jean, una camiseta y un casco. La tarde por fin comenzaba a refrescar y sentía la brisa fresca en la piel. Las dunas empezaban a reflejar el atardecer y a cambiar de color. No tenía una sola preocupación en ese momento, solo disfrutar del oasis rodeado de altas dunas, montando en mi moto, sintiendo la libertad…

¡tratratra!

La moto hizo un fuerte sonido y se detuvo abruptamente. En mitad del atardecer, con las dunas enfrente, me había varado por primera vez en el viaje. Prendí la moto y aceleré, pero no avanzaba. ¡La cadena! Volteé a revisar y, por supuesto, se había soltado. Tendría quizá 30 minutos de luz para resolver mi primer arreglo en la vía.

En esas, paró un mototaxi. “¡Colombia!”. No podía creer mi suerte, había parado frente a mí un mototaxista de Antioquia. “No puedo ser tan de buenas”, pensé. Seguramente me va a ayudar a salir de este problema. Le conté lo que me había pasado y me preguntó: “¿tiene las herramientas?”. Le dije que sí, y a los cinco segundos ya se estaba despidiendo. Tremenda hospitalidad paisa.

Saqué las herramientas y, antes de ponerme a inventar, se me ocurrió que quizá podía volver a engranar la cadena como a una bicicleta. Lo que fuera para no quedarme en la calle y poder resolverlo con más tranquilidad en un lugar seguro.

Medio engrané la cadena y avancé un poco la moto. Había quedado floja, pero al menos había quedado puesta de nuevo. Hasta ahí llegó el plan del atardecer en las dunas. Me regresé despacio y con cuidado al hospedaje para que no se fuera a soltar de nuevo. La reparación será trabajo del día de mañana, cuando haya descansado y tenga nuevas energías.

Feliz noche,

Camilo Mazo


Camilo Mazo

Camilo Mazo es aventurero, fotógrafo y autor de Fukuoka to Naples. Ha viajado, trabajado y documentado culturas en Asia, Oceanía, Europa, Norteamérica, Centroamérica y Sudamérica, explorando perspectivas de vida de distintas culturas a través de sus relatos y fotografías.

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