Marzo 30, 2026 — Día 25 — Camaná a Arequipa (177 km)
Qué diferente fue el día de hoy al de ayer. La calma que se sintió en la mañana. Sin contraviento, sin tráfico. Manejando por carreteras rectas en los altiplanos de la costa peruana, adentrándome en la “sierra”, la región montañosa de la cordillera de los Andes.
Ya llevaba 10 días en el desierto. Me estaba adaptando a él, a su calor y a su aridez. Aun así, el cambio de altitud y de clima fue bienvenido. El aire se hacía más agradable de respirar. La temperatura se templaba con el ascenso. Pasé de estar a nivel del mar a 2.300 metros sobre el nivel del mar.
Si ayer, con el contraviento, se sentía como manejar tratando de atravesar un fluido viscoso, hoy se sentía como manejar en el vacío.
En esta calma del camino, no podía evitar pensar en cómo la mentalidad que se tiene antes de salir afecta el viaje . Hoy iba en plan de disfrutar el camino, de ir despacio, sin necesidad de cumplir un gran kilometraje. Esto hizo que el viaje fuera más placentero, parando a tomar fotos, deteniéndome cuando quisiera.
Llegué a Arequipa al mediodía. Una ciudad que hacía mucho tiempo quería visitar, por su arquitectura y su gastronomía. Siendo la segunda ciudad más grande de Perú, pero alrededor de 10 veces más pequeña que Lima, estaba emocionado por caminar sus calles y explorarla.
La tarde se pasó caminando por el centro histórico, catalogado como Patrimonio Mundial por la UNESCO. Entre los edificios construidos en sillar (piedra volcánica blanca), hice varias paradas gastronómicas. En el mercado, probé papas rellenas, salteñas (una especie de empanada horneada), Kola Escocesa y queso helado (hecho con leche y leche condensada). Cerca de la plaza principal, comí papas fritas de huayro, una papa de piel morada originaria de Perú.
Apenas estaba conociendo Arequipa, pero ya me estaba gustando. Sus calles estaban llenas de vida. En su plaza principal, la Plaza de Armas, había familias, parejas, turistas, personas de todo tipo y todas las edades. El clima estaba fresco y el haberse alejado de la arena, al menos por un par de días, se sentia bien.
Feliz noche,
Camilo Mazo
Camilo Mazo es aventurero, fotógrafo y autor de Fukuoka to Naples. Ha viajado, trabajado y documentado culturas en Asia, Oceanía, Europa, Norteamérica, Centroamérica y Sudamérica, explorando perspectivas de vida de distintas culturas a través de sus relatos y fotografías.
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