Abril 2, 2026 — Día 28 — Tacna a Arica (69 km)
Me gustaría decir que el cruce de fronteras entre Perú y Chile transcurrió de forma sencilla, pero no fue el caso.
Comencé llegando a la frontera entre Tacna y Arica. Allí hay dos controles fronterizos: uno peruano y otro chileno. Siguiendo las señalizaciones en la vía, me salté el control del lado peruano para hacer los trámites en el lado chileno. Esto es algo normal y ya lo había hecho antes en el cruce entre Perú y Ecuador.
Sin embargo, en un momento de duda, le pregunté a unos policías dónde debía hacer los trámites para entrar a Chile y me dijeron que debía devolverme al control fronterizo peruano (el que me acababa de saltar). No había problema, era temprano en el día y estas cosas son las que espero en un cruce de frontera.
Me devolví al control fronterizo peruano, yendo en dirección Chile–Perú, situación que tuve que explicar varias veces, pues parecía que quería salir de Perú, pero con dirección de entrada. Luego de hablar con varios empleados del control, por fin una de ellas me dijo que estaba en el lugar equivocado, que debía hacer los trámites en el lado chileno, el lugar original al que me estaba dirigiendo desde el comienzo. Está bien, eso me pasa por dudar y quizá preguntarle a la persona equivocada.
Una vez en el control fronterizo de Chile, había filas de carros parqueados en las líneas de entrada al país. Nadie te explica que todos estos carros que parecen estar entrando están, en realidad, estacionados, y que debes hacer lo mismo para comenzar con los trámites.
Luego de parquear la moto y hacer la fila de salida de Perú, en la ventanilla me explicaron que necesitaba un formulario de “lista de pasajeros”. —¿Aquí me dan ese formulario? —pregunté. —No, pero puedes pedírselo a algún conductor, o de pronto en la cafetería puedes conseguirlo.
Esta debió ser mi primera señal de que este cruce iba a ser diferente a lo que ya me estaba acostumbrando.
Caminé hacia la cafetería (que, por cierto, también es “casino”) en el segundo piso del control fronterizo. Allí solo había una señora vendiendo café y otras bebidas. Sin letreros, sin anuncios. —¿Aquí venden el formato de lista de pasajeros? —pregunté. Con una voz discreta me dijo: —Tres soles.
Está bien, tres soles no es mucho, enfoquémonos en terminar este proceso.
Regresé a la ventanilla de salida de Perú, claro está, después de volver a hacer la fila. Con este papel “mágico”, comprado en la cafetería, por fin logré que me estamparan la salida de Perú en mi pasaporte.
Ahora venía el proceso de entrada a Chile, el cual traería sus propias sorpresas.
El sello de entrada a Chile fue relativamente fácil. Fue en el proceso de ingresar la moto al país donde comenzaron a aparecer más formularios y tareas extra. Al costado izquierdo del control fronterizo había dos taquillas: una para registrar la salida de la moto de Perú y otra para registrar la entrada a Chile. En ambas había que hacer fila, pero en la de Chile había que hacer la fila para que te entregaran un formulario, llenarlo y volver a hacer la fila.
Comenzaba a parecer que en Chile eran fanáticos del papeleo y la burocracia.
Una vez cumplidos los requisitos de la taquilla de control vehicular, seguía la inspección de la moto. Allí me pidieron un nuevo formato para declarar lo que ingresaba al país, que debía conseguir en otra oficina. Estaba tan cerca de terminar el proceso que no me importó.
Pues estaba equivocado.
En la inspección de la moto, me pidieron retirar todas las maletas y llevarlas a una sala con un escáner, porque “inspeccionarlas una por una tomaría mucho tiempo”. Les dije que sacar todas las maletas aseguradas a la moto y luego volverlas a poner me tomaría mucho más tiempo.
—No se preocupe, tómese todo el tiempo que necesite—.
Con esa indicación, saqué un café que llevaba en mi termo y tomé un par de tragos. Me dijeron que me tomara todo el tiempo necesario, y eso pretendía hacer.
Los inspectores me observaron quitar, uno por uno, los equipajes de las maletas: retirar los cables de seguridad de las alforjas, desarmarlas, desamarrar el equipamiento de camping, quitar el seguro del baúl.
Todo esto lo vieron los de inspección. ¿Qué no vieron ni verificaron? Que, una vez en la sala del escáner, pasara uno por uno todo el equipaje. No, para eso se limitaban a confiar y a preguntar si había pasado todo.
Ojalá hubieran tenido la misma confianza para no pedirme que desmontara todo de la moto.
Al final, esa hojita “mágica”, comprada en la cafetería, terminó con cinco o seis sellos, cada uno prueba de la “eficacia” chilena en el control fronterizo.
Al salir de la zona de control, me pidieron el papel, el cual intercambié por poder entrar finalmente a Chile, eso sí, con todo el tiempo perdido en el proceso y dos horas adelantado en la zona horaria.
Se me había hecho tarde para los posibles planes que tuviera después del cruce de la frontera. Por eso, encontré un hospedaje en la ciudad fronteriza chilena de Arica, caminé un corto rato por el centro y di por finalizado el trayecto del día.
Son las 10 p. m., hora chilena, y si estuviera a 30 kilómetros hacia Perú, serían las 8 p. m. y no se me estaría haciendo tan tarde para madrugar mañana.
Feliz noche desde, después de mucho papeleo, Chile,
Camilo Mazo
Camilo Mazo es aventurero, fotógrafo y autor de Fukuoka to Naples. Ha viajado, trabajado y documentado culturas en Asia, Oceanía, Europa, Norteamérica, Centroamérica y Sudamérica, explorando perspectivas de vida de distintas culturas a través de sus relatos y fotografías.
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