Abril 4, 2026 — Día 30 — Pozo Almonte a San Pedro de Atacama (430 km)

Chile me quiere poner a prueba. El día de hoy fue evidencia de ello.

El día comenzó temprano. A las 6 a. m. ya me estaba alistando para salir. Solo había un inconveniente: como al cambiar de país se había adelantado el horario dos horas, ahora el amanecer era mucho más tarde, alrededor de las 7:45 a. m. No queriendo salir en la oscuridad, aproveché para desayunar y revisar mi equipamiento. Preparé el bidón de gasolina extra para no arriesgarme, como ayer. Hoy la distancia entre estaciones de gasolina era aún mayor: 315 kilómetros.

No entiendo por qué las estaciones están tan alejadas. Quizás en Chile son mejores para planear las cosas, mientras que en los otros países que he visitado improvisamos más y, por ende, necesitamos más estaciones de gasolina.

Además de esta distancia sin estaciones, había otra complicación. La vía a Calama, necesaria para seguir a mi destino final, San Pedro de Atacama, cerraba de 12 p. m. a 5 p. m. por reparaciones. Esto quería decir que, desde el amanecer, tenía poco más de cuatro horas para cruzar antes de que la cerraran. Eran 300 kilómetros los que debía recorrer, lo que, a un promedio de 80 km/h, me permitiría llegar un poco antes de las 12 p. m., si todo salía bien.

La primera hora transcurrió de manera tranquila. En la segunda, ya atrasado en el itinerario, decidí no parar a descansar y continuar. Pasaron dos horas sin detenerme. Iba con el tiempo justo para llegar a las 12 p. m. Pero, claro, no todos los días la suerte está conmigo. A las 11 a. m., me encontré con otras reparaciones en la vía y un desvío por un camino de tierra, por el cual tenía que ir mucho más despacio.

Con esto, todo mi itinerario se fue a la basura. Sumado a esto, ya había usado el bidón de gasolina y, aun así, el medidor comenzó a titilar en su última raya. Como cereza en el postre, en la vía destapada me di cuenta de que la cadena estaba otra vez floja. Cualquier movimiento brusco podía desengranarla y dejarme tirado en la mitad del camino.

Ya eran las 12 y aún me faltaba media hora para llegar al tramo que cerraban a esa hora. Decidí continuar y rezar para que comenzaran los trabajos más tarde ese mismo día. Ya había visto personas trabajando en la vía, así que la idea de que no cerraran por ser sábado festivo dejó de ser un consuelo.

La media hora restante la recorrí por una vía desértica, donde no había ningún carro yendo en mi dirección. Sabía que no tenía suficiente gasolina para devolverme, así que, si no lograba cruzar antes del cierre, tendría que esperar hasta las 5 p. m. para continuar.

Se me hicieron eternos eso 30 minutos, pensando en los peores escenarios posibles. La vía ascendía por una pendiente interminable, lo que agravaba mi situación, pues la moto perdía fuerza y tenía que ir más despacio.

Después de todo esto, de pensar lo peor, de preocuparme por la gasolina, por la cadena, por la moto, por la hora, por el cierre, por la reserva de hospedaje que iba a perder, llegué al tramo cerrado a las 12:30 p. m.

Había maquinaria trabajando, tractores y camiones. Había una vía de tierra, la única por donde podía pasar, pero sin ninguna indicación de que fuera el desvío correcto. Fui pasando trabajadores, ninguno me detenía ni me miraba. Poco a poco avancé, entre uno que otro camión que usaba mi misma vía.

Llegué a un pare y me esperé lo peor. Hasta aquí había llegado. Le pregunté al trabajador si la vía estaba cerrada. —Faltan ocho —me dijo.

¿Ocho qué?

Fueron pasando algunos vehículos, hasta que se cumplieron los ocho. Después de eso, el trabajador se acercó a un pequeño semáforo que tenía a su lado y cambió la luz a verde.

Eso fue todo. Había cruzado.

Un par de kilómetros después encontré la estación de gasolina. Me bajé a tomar un respiro. Casi toda la mañana corriendo y sufriendo para llegar 30 minutos tarde… y no había importado. Igual pasé.

Comparados con la primera parte del trayecto, los 100 kilómetros restantes hasta San Pedro de Atacama se sintieron como un descanso.

Chile había decidido retarme como ningún otro país en este viaje. Desde el primer día que entré por la frontera, ha sido obstáculo tras obstáculo a superar.

Y yo pensando que, después de Perú, Chile iba a ser sencillo.

Por un día más de victoria en Chile.

Feliz noche, Camilo Mazo


Camilo Mazo

Camilo Mazo es aventurero, fotógrafo y autor de Fukuoka to Naples. Ha viajado, trabajado y documentado culturas en Asia, Oceanía, Europa, Norteamérica, Centroamérica y Sudamérica, explorando perspectivas de vida de distintas culturas a través de sus relatos y fotografías.

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