Abril 11, 2026 — Día 37 — San Miguel de Tucumán a Frías (211 km)

Algunos días pareciera que nada saliera bien. Hoy amaneció nublado, tal como estuvo todo el día ayer. Me levanté tarde, sintiendo el cansancio de los últimos dos días. Luego de varios intentos fallidos por salir rápido, por fin estaba listo y con todo empacado.

Sin embargo, en una rápida revisión de la moto, caí en cuenta de que la cadena estaba floja. Ya me estaba volviendo un experto en tensionarla, pero aun así añadiría más tiempo a una salida que ya iba atrasada.

A las 10 a. m. apenas estaba saliendo y aún me faltaba tanquear gasolina. Una vez en la estación de servicio, revisé la presión de las llantas. Mala idea, pues resultó que la boquilla de la máquina de aire no servía para la moto y terminé desinflándolas por debajo de la presión recomendada. Hoy sí parecía ser uno de esos días.

Por fortuna, llevaba conmigo un inflador portátil. Como ya había salido tarde, sabía que no importaba retrasarme aún más, así que me puse a desempacarlo y reajustar las llantas.

El día ya se había descarrilado. Mientras manejaba bajo un cielo nublado, a la distancia comenzaban a verse parches de sol colándose entre las nubes. Con cada kilómetro, los parches se hacían más amplios y las nubes más escasas. Con el sol afuera, el paisaje recobró vida y la tarde de otoño se tornó cálida y fresca. Fui parando en los pueblitos que encontraba en el camino. En cada uno se sentía tranquilidad y un fuerte sentido de comunidad. Es como si en el campo argentino hubieran descubierto un secreto del buen vivir y lo estuvieran aplicando.

Con una tarde soleada y fresca de otoño, no podía ser uno de esos días en los que todo sale mal. No había forma. Solo se me ocurría una mejor manera de aprovecharlo: terminar la tarde acampando, apenas mi segunda vez en todo el viaje.

En un pueblo llamado Frías, casi en el medio entre Tucumán y Córdoba, encontré un camping municipal para armar mi carpa. Justo al frente había una despensa. Betania, la señora que la atendía, me contó de su hijo que estudiaba derecho en Cafayate mientras empacaba tomates, cebollas y varios antojos que le iba pidiendo (el principal de hoy: dulce de leche).

Armé mi carpa y le hice algunos ajustes a la moto antes de que terminara el atardecer.

Ya es tarde y el cerebro pide descanso.

Desde Frías, feliz cálida noche de otoño,

Camilo Mazo


Camilo Mazo

Camilo Mazo es aventurero, fotógrafo y autor de Fukuoka to Naples. Ha viajado, trabajado y documentado culturas en Asia, Oceanía, Europa, Norteamérica, Centroamérica y Sudamérica, explorando perspectivas de vida de distintas culturas a través de sus relatos y fotografías.

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