Mayo 19, 2026 — Día 75 — La Paz a Copacabana (166 km)

Mi mañana comenzó temprano en La Paz. Alrededor de las 7 a.m. ya estaba saliendo. Quería evitar los bloqueos tanto como pudiera en el camino a Copacabana.

En las afueras de La Paz, en El Alto, era donde había más concentración de personas y protestantes. Había escombros en la vía, piedras, bloques de cemento y llantas quemadas. Afortunadamente, no parecía haber ningún peligro. Había suficientes desvíos por calles alternas para evitar las aglomeraciones. Cuando no era posible evitar un bloqueo, lo mejor era bajarse de la moto y caminar con ella a un lado, sin dudar mucho y tratando de no detenerse, a menos que alguien te bloqueara el paso. Hice eso dos o tres veces saliendo de la ciudad.

Ya más en el campo, el reto era otro. A veces la vía estaba bloqueada con grandes montículos de tierra o barreras de cemento que impedían cualquier paso. Lo más particular es que siempre que había un obstáculo impasable en la vía, había una especie de desvío. Por ejemplo, en los puentes bloqueados, siempre se podía ver un camino que cruzaba por un río. No eran los pasos más sencillos, pero tampoco los más difíciles. Puedo decir que entre el día de hoy y el otro día en que también crucé bloqueos, me ha tocado practicar todas las habilidades de off-road que no tenía planeado practicar.

Hoy particularmente estaba agradecido de viajar con una moto liviana y alta, pues la cantidad de obstáculos, pasos angostos y caminos destapados que tuve que cruzar fueron bastantes.

En uno de los bloqueos más alejados de la ciudad, vi un par de puestos de comida al lado de la carretera. Parqué mi moto a un lado y pedí en uno de los puestos un pastel frito (masa frita inflada, parecida a una hojuela) con api (bebida caliente hecha de maíz morado sazonada con canela).

Podía ver a los protestantes a unos metros, y ellos me podían ver a mí, pero en realidad no importaba. Ninguno tenía nada contra el otro.

Más a las afueras, los bloqueos eran menos frecuentes y más tranquilos. Cuando me encontraba con protestantes, simplemente me dejaban pasar inmediatamente. Ningún interrogatorio ni trabajo “forzado”, como en la ruta de días anteriores.

A unos 70 kilómetros de Copacabana, caí en cuenta de algo que me puso muy nervioso: para llegar a Copacabana tenía que cruzar el lago Titicaca en bote. Si los transportistas estaban en huelga, ¿también lo estarían los de los botes?

Ya era muy tarde para devolverme. En uno de los bloqueos, le pregunté a uno de los campesinos si podría cruzar el lago.

“Con algo de suerte”, me dijeron.

Seguí avanzando sin tratar de pensar mucho en eso. Tampoco quería pensar que, si tenía que devolverme, quizá no me alcanzaría la gasolina, pues todas las bombas de gasolina fuera de La Paz hacia Copacabana estaban fuera de servicio.

Llegué a San Pablo de Tiquina. No se veía un alma en el pueblo, excepto uno que otro niño jugando en la calle.

Llegué al borde de la vía, donde llegan los botes para cruzar al otro lado. En una tienda a un costado le pregunté a una señora si pasaban los botes.

En un tono muy reconfortante me dijo que esperara, que seguro el bote venía. Así que no me quedaba sino esperar. El pueblito estaba muy tranquilo. Se escuchaban las gaviotas y las olas del agua chocando con la orilla. No había más que hacer sino esperar.

Después de unos quince minutos, llegó una buseta a esperar también el bote. Ya no era el único. Otros quince minutos pasaron y apareció un bote de madera con piso de tablas. Subió la buseta, subieron algunas personas y subí yo por último con la moto.

El resto de la vía estuvo acompañado por hermosas vistas del lago y los nevados a lo lejos. En Copacabana, con la mayor parte del tráfico bloqueado, también se sentía una gran calma en el pueblo. Muchos de los comercios estaban cerrados. Después de un rato buscando, por fin pude encontrar una tienda que aún tuviera huevos y pan fresco.

A tan solo unos kilómetros de la frontera con Perú, estoy cerca de poder dejar atrás la escasez que han creado los paros en Bolivia. Ya saliendo del país, espero poder tener días de viaje más tranquilos, al menos por un tiempo.

Feliz noche,

Camilo Mazo


Camilo Mazo

Camilo Mazo es aventurero, fotógrafo y autor de Fukuoka to Naples. Ha viajado, trabajado y documentado culturas en Asia, Oceanía, Europa, Norteamérica, Centroamérica y Sudamérica, explorando perspectivas de vida de distintas culturas a través de sus relatos y fotografías.

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