Abril 14, 2026 — Día 40 — Córdoba a Carcarañá (375 km)
¡Qué día! Casi todo el trayecto de hoy fue bajo lluvias de todo tipo. Parecía que iba a ser un mal día, pero la amabilidad de un par de extraños y un ligero cambio de perspectiva lo cambiaron todo.
Esta mañana comencé quedándome dormido hasta las 9 a. m. Cuando estaba desayunando sin afán, recibí un mensaje de WhatsApp: el horario de checkout es a las 10:00 a. m. Inmediatamente fui a la recepción para pedirles un poco más de tiempo, pues tenía que ir por mi moto a un estacionamiento a dos cuadras y bajar todo el equipaje de la habitación. La recepcionista de turno, que no me había ni saludado ni volteado a mirar en los dos días que llevaba en el hospedaje, no dudó un segundo antes de decirme que no. Sabía que con esas personas no podía negociar, así que me lo tomé como un reto.
Salí de afán por la moto. Estaba lloviznando y no tenía tiempo de pensar en otro plan, así que saqué la moto del estacionamiento y la parqué en la calle frente al hostal. Saqué todo el equipaje a la loca de la habitación para cumplir con el requerimiento de la recepcionista. Justo a las 10:00, había desparramado todas mis cosas en una pequeña sala fuera de la habitación.
Cuando bajé un par de cosas para guardar en la moto, había unos policías de tránsito poniendo multas a unos carros parqueados en una zona prohibida. Un trabajador de una tienda de muebles al lado del hospedaje me recomendó moverla por si acaso, ya que donde estaba parqueado tampoco estaba permitido. Cargando varias cosas en una bolsa al hombro, lloviznando, con los policías al frente, arranqué en la moto para llevarla a un parqueadero público. A la cuadra caí en cuenta de que había dejado el casco en el hospedaje. Ya no podía hacer nada. Di la vuelta a la cuadra deseando que ningún policía me viera sin casco. Cuando llegué al parqueadero a la vuelta, el señor de la entrada me dijo que ya no había espacio para motos.
“¡No me demoro ni 10 minutos!”, le dije. “Por eso le digo que ya no hay plaza para motos”.
Hoy estaba encontrándome con persona tras persona con la que no podía negociar. Sin otra opción, y sin casco, volví al mismo lugar frente al hospedaje. Los policías ya se habían ido y no tendría otra opción sino dejar la moto ahí de nuevo y terminar de empacarla lo más rápido posible.
Después de subir y bajar equipaje del hospedaje dos o tres veces, y un susto por escuchar la alarma de la moto (cuando bajé a revisar, seguía igual), ya tenía todo empacado. Estaba todo mojado, pero empacado y listo para salir. Me puse el impermeable para no empeorar la cosa y salí camino a Rosario
Después de una hora de viaje bajo la lluvia, paré en una estación de gasolina para descansar y tanquear. Mientras escurría mi impermeable, un señor apareció detrás de mí.
“¿Viene de Colombia?”, me preguntó.
“Por favor, que no sea otra persona como las que me han tocado hoy”, pensé.
“Espéreme un momento, le voy a dar algo”.
El señor fue a su van y comenzó a caminar hacia mí con un pan tajado empacado.
“Para que se haga unos sánduches en el camino”.
Con ese gesto, le dio un giro completo a mi actitud del día. Era un simple pan tajado, pero que me lo hubiera regalado así fue algo que me conmovió.
Más adelante, llegando al peaje, me acerqué a la taquilla para pagar los 800 pesos argentinos que decía debía pagar. El señor de la taquilla me vio, tratando de abrir mi impermeable para sacar la billetera, y lo único que dijo fue:
“Hermano, pasá”.
Después de 5 horas de manejar bajo la lluvia, sin importar qué tan bueno fuera mi impermeable, el agua se empezaba a filtrar por todas partes. Cada vez que necesitaba un descanso, paraba en una estación para tomarme algo caliente y sentarme un rato en el comedor. No era el único: había varios moteros ese día que me terminaba encontrando en las mismas estaciones donde iba parando.
Después de las 4 p. m., la lluvia paró definitivamente y no estaba ni cerca de Rosario. Ya se me estaba haciendo tarde y tenía que encontrar un lugar para pasar la noche. A 60 kilómetros de llegar a Rosario, encontré un campamento en uno de los pueblos de las afueras, Carcarañá, para armar mi tienda, tomar una ducha caliente y descansar por el día.
Feliz noche desde el parque Sarmiento, Carcarañá,
Camilo Mazo
Camilo Mazo es aventurero, fotógrafo y autor de Fukuoka to Naples. Ha viajado, trabajado y documentado culturas en Asia, Oceanía, Europa, Norteamérica, Centroamérica y Sudamérica, explorando perspectivas de vida de distintas culturas a través de sus relatos y fotografías.
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