Junio 1, 2026 — Día 88 — Ayacucho a Huancavelica (203 km)

Hoy la mayor parte de la vía no estaba en muy buen estado. Era una vía angosta y sinuosa de un solo carril, con muchos huecos y varios tramos de trocha. En las partes pavimentadas, tenía una constante capa de ripio y gravilla difícil de ver. Esta, al menor contacto con las llantas, hacía que la moto comenzara a deslizarse.

Por todo esto, hoy iba a ser un día de paciencia e ir despacio. Esto también era parte del viaje.

Qué soledad se sentía en el camino. Casi no transitaban carros por la vía, lo cual agradecía, pues era bastante angosta. De vez en cuando pasaba por un pueblito con algunas personas, o veía a una pastora con sus ovejas y sus vacas, pero, de resto, era solo yo con el paisaje y el sonido del motor.

En uno de esos pueblitos, Ccayarpachi, paré a descansar en un puesto que vendía chicha. El señor que atendía, muy querido, me dio algunas indicaciones sobre la “pista” y me dio a probar de las dos chichas que tenía. Las guardaba en dos contenedores grandes de plástico y, aunque quizás podía ser un riesgo para mi estómago, pedí una para tomar ahí mismo.

Ya eran las dos de la tarde y solo había completado la mitad del camino. La vía aún seguía igual de angosta, en mal estado y muy sola. Momentos como estos me recordaban a los retiros de meditación que había hecho en el pasado, donde tenía que estar sentado durante largos periodos meditando y donde no podía interactuar con los demás participantes.

Luego de casi tres meses viajando solo en moto, este viaje me ha permitido estar solo con mis pensamientos más tiempo que en cualquier otro momento de mi vida. Nada de distracciones, solo lo que tengo enfrente de mí y mis pensamientos para hacerme compañía.

De cierta forma, ha sido su propia especie de retiro de meditación y, sin darme cuenta, esos retiros pasados me habían preparado para una de las cosas más exigentes de este viaje: estar sentado durante largas horas y soportar el dolor que el cuerpo empieza a sentir por causa de ello.

En Lircay, la carretera volvió a ser de dos carriles y a estar en buen estado. Llegando a los 4.000 metros sobre el nivel del mar, aparecieron nubes lluviosas a mi izquierda. Al lado derecho, estaba despejado y el sol brillaba.

Deseando que el camino se orientara más hacia la derecha para evitar la lluvia, avancé lo más rápido que pude para llegar a Huancavelica. Sin embargo, faltando solo 20 kilómetros, esas nubes lluviosas, ahora acompañadas de truenos, terminaron por alcanzarme. Me puse el traje impermeable, el cual no usaba desde mi llegada a Buenos Aires hacía más de un mes.

Solo cuando llegué a Huancavelica fue que dejó de llover y salió el sol del atardecer. Me parqué frente a una tiendita y aproveché los últimos rayos de sol para secar lo más que pudiera el impermeable y las alforjas de la moto.

Terminé alojándome en el primer hospedaje que encontré y, antes de terminar el día, salí a comer en un restaurante chifa (comida chino-peruana) y caminé un rato por el pueblo.

Feliz noche,

Camilo Mazo


Camilo Mazo

Camilo Mazo es aventurero, fotógrafo y autor de Fukuoka to Naples. Ha viajado, trabajado y documentado culturas en Asia, Oceanía, Europa, Norteamérica, Centroamérica y Sudamérica, explorando perspectivas de vida de distintas culturas a través de sus relatos y fotografías.

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