Junio 4, 2026 — Día 91 — Huancaya a Lima (240 km)

Apenas puedo concentrarme para escribir estas palabras. Hoy fue un viaje de casi 13 horas, desde Huancaya hasta la capital peruana. Pero qué viaje. Pasé de los 4.900 metros sobre el nivel del mar hasta apenas los 92 metros.

A las 7:30 a. m. ya estaba saliendo del pueblito de Huancaya, siguiendo la Ruta 120, una tranquila vía destapada que recorre el valle del río Cañete y rodea la cordillera Pariacaca.

Treinta minutos después de haber salido, me encontré con otro motociclista en la vía. Ya lo había conocido el día anterior en la plaza de Huancaya. Su nombre era Armando y estaba haciendo el mismo recorrido que yo.

—Vamos —me dijo después de saludarlo y arrancar de nuevo.

Y así, parecía que íbamos a hacer la ruta juntos. Lo confirmé cuando paré un par de veces y él se detuvo detrás de mí. Sería un cambio bienvenido y la primera vez en todo este viaje que montaba acompañado de otra persona.

Se sintió bien, para variar, poder compartir los paisajes de la cordillera con alguien en el momento. También se sintió bien compartir el mismo trayecto y las dificultades que este presentaba. Era una ruta destapada, con muchas secciones de piedra suelta, pasos sobre agua y giros en U sobre tierra suelta.

Cada vez que superaba algún obstáculo difícil, miraba por el retrovisor para ver cómo él lo cruzaría, si seguiría mi mismo método o encontraría una forma mejor.

Íbamos por una ruta que no era ni la más rápida ni la más fácil. En muchos sentidos, era la ruta menos óptima, excepto en paisajes y diversión.

Luego de pasar un bache a alta velocidad, sentí un peso extraño en mi espalda. ¿Qué había pasado? No alcanzaba a ver nada, pero seguía sintiendo el peso. Cuando me detuve, descubrí que era la tapa del maletero trasero. Había dejado las llaves puestas y, con el golpe del bache, la tapa había encontrado la forma de abrirse sola. Por suerte, nada había salido volando de su interior.

A eso de las 2 p. m. salimos de la vía destapada para continuar por pavimento hacia Lima. Después de viajar unas seis horas juntos, me despedí de Armando y cada quien continuó su camino.

Con toda la tarde por delante y apenas 120 kilómetros de vía pavimentada restantes, calculaba que en unas dos horas más estaría llegando a Lima para descansar. Resultó que el tráfico tenía otros planes para mí.

Prácticamente desde que comenzó la carretera pavimentada hasta llegar a mi hospedaje, me encontré con toda clase de trancones y congestiones. Entrando a la ciudad en plena hora pico, el tráfico limeño me recibió con toda su cordialidad y civismo: a punta de cerradas, carros atravesados y una sinfonía constante de bocinazos.

A las 8 p. m., agotado y sin haber almorzado ni cenado, por fin llegué a mi hospedaje y pude quitarme el traje de moto, completamente cubierto por el polvo de la trocha.

Feliz noche,

Camilo Mazo


Camilo Mazo

Camilo Mazo es aventurero, fotógrafo y autor de Fukuoka to Naples. Ha viajado, trabajado y documentado culturas en Asia, Oceanía, Europa, Norteamérica, Centroamérica y Sudamérica, explorando perspectivas de vida de distintas culturas a través de sus relatos y fotografías.

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