Junio 10, 2026 — Día 97 — Caraz a Chuquicara (107 km)

Me hacía falta salir con el amanecer. Desde hace ya varios días se me había hecho más difícil salir temprano, pero eso cambiaba hoy.

La ruta de hoy cruzaba por el Cañón del Pato, una vía que bordea dos altos peñascos siguiendo el río Santa. Esta precaria carretera cruza a través de múltiples túneles tallados sobre la roca de uno de estos peñascos.

En realidad, pensé que hoy sería un día fácil. Después de todo, al trazar la ruta hasta Trujillo en Google Maps, mi destino original, el mapa mostraba que me tomaría algo así como cinco horas, algo bastante manejable al salir temprano.

Sin embargo, la vía estaba llena de huecos, gravilla suelta y pavimento deteriorado. Aun así, las vistas del cañón, junto con los constantes pasos por túneles sin iluminación y de un solo carril, hacían de todo el trayecto una divertida aventura.


Los últimos días se me ha dificultado escribir. Quizás ha sido por el cansancio o porque he estado algo distraído.

He estado recorriendo la Cordillera Blanca, llamada así por los numerosos picos nevados que la componen. Antier, por ejemplo (Chiquián a Huaraz — 155 km), llegué hasta los 4.850 metros sobre el nivel del mar para cruzar la ruta AN-1251, una vía destapada que atravesaba los nevados de Huarapasca y Pastoruri.

Ese día, sin compañero de viaje como los que había encontrado en días anteriores, tuve que contentarme con la compañía de los nevados. Estar a 4.850 metros sobre el nivel del mar para mí solo significa un par de cosas: falta de aliento, frío y, casi siempre, paisajes espectaculares.

Descendiendo por esa vía destapada, sentía cómo mis dedos se iban poniendo cada vez más fríos. Con el sol afuera, por momentos tenía que detenerme para calentarme un poco. Se veía cómo el agua de los nevados chorreaba por las laderas de las montañas, terminando en varias lagunas alrededor de ellas. Me detuve un rato junto a una de estas lagunas y, tratando de coordinar mis fríos dedos, comí unos sándwiches que llevaba conmigo y tomé un poco de café.

No había nadie en este tramo de la vía destapada, así que estaba siendo especialmente cuidadoso. Si terminaba varado por alguna razón, era posible que no pasara nadie durante mucho tiempo.

Durante el camino estuve pensando en un motociclista que conocí cuando apenas iba bajando por Colombia hacia Ecuador. Era colombiano y había llegado en moto hasta Ushuaia. Ya de regreso, y nuevamente en Colombia, iba con mucho afán por terminar su viaje de una vez.

Ahora, también de regreso, he tratado de evitar que eso me suceda a mí: comenzar a subir con afán hacia Colombia. Parte de mí quiere regresar rápido. La otra parte quiere asegurarse de aprovechar al máximo lo que aún me queda de viaje.


Ayer también salí a conocer otro de los grandes nevados: el Huascarán (Huaraz a Caraz — 170 km). Siendo uno de los más imponentes de la Cordillera Blanca, mucho antes de acercarme ya podía admirar su presencia dominante.

La vía que había tomado era la 107, la cual se adentraba por toda la cordillera siguiendo la quebrada Ulta y luego ascendía por empinadas curvas cerradas hasta llegar a uno de los túneles más altos del mundo.

Este túnel, sin ningún tipo de iluminación y con más de un kilómetro de longitud, se me hizo extremadamente oscuro. Ni siquiera con las luces de la moto (que tampoco son las más brillantes) se me hacía fácil ver el asfalto. Además, del techo caían fuertes chorros de agua que mojaban el pavimento y lo hacían aún más oscuro. Ni mencionar que debía esquivarlos para no empaparme.

Una vez crucé y emprendí el regreso por el mismo túnel, tuve que sacar una linterna como ayuda extra para atravesarlo.


Volviendo al día de hoy, en el Cañón del Pato me ocurrió lo que había estado evitando durante todo este viaje. Ya habiéndome alejado de la Cordillera Blanca y adentrándome en paisajes áridos, en un tramo especialmente desértico comencé a sentir que la llanta trasera patinaba.

Paré al borde de la gastada carretera. La llanta trasera estaba completamente plana: se había pinchado.

Bajo el sol, tuve que enumerar mis opciones. No tenía señal en el celular, así que no podía llamar para pedir ayuda. En el mapa tampoco aparecía ningún pueblo cercano donde pudiera arreglar la llanta. Sin más alternativas, tuve que intentar resolver el problema por mi cuenta.

Lo que sigue es una especie de baile que generalmente hago cuando tengo que enfrentar algo difícil. Empieza intentando una solución hasta encontrar un obstáculo que parece imposible de superar. Me detengo, me provoca rendirme y busco otra forma de resolverlo. Al ver que no hay más opciones, vuelvo a intentarlo hasta lograr avanzar y encontrarme con un nuevo obstáculo, para así repetir el baile.

Estuve a punto de rendirme un par de veces, pero cuando no tienes otra opción, inevitablemente terminas volviendo a intentarlo. En uno de esos momentos, a uno de los pocos carros que pasaron le pedí ayuda. Le dije que, por favor, le avisara a un mecánico en el próximo pueblo para que viniera a ayudarme. El conductor me aseguró que lo haría, pero nadie apareció.

Al final, me tomó unas cuatro horas hacer una reparación temporal de la llanta. No fue un trabajo perfecto: se me cayó la moto tratando de quitar la rueda, se quebró una pieza de plástico que ayuda a guiar la cadena y hubo otros contratiempos técnicos menores.

Ya se me había hecho tarde y tendría que encontrar pronto un lugar para dormir y terminar de arreglar la llanta. Con solo 107 kilómetros recorridos, por una vía en pésimo estado y, al final, enfrentando fuertes vientos en contra, tuve que detenerme en el caserío de Chuquicara, un lugar con una estación de gasolina, un hotel, un restaurante y, lo más importante, un taller para reparar la llanta.

Feliz noche,

Camilo Mazo


Camilo Mazo

Camilo Mazo es aventurero, fotógrafo y autor de Fukuoka to Naples. Ha viajado, trabajado y documentado culturas en Asia, Oceanía, Europa, Norteamérica, Centroamérica y Sudamérica, explorando perspectivas de vida de distintas culturas a través de sus relatos y fotografías.

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