Mayo 10, 2026 — Día 66 — Uyuni a Potosí (266 km)
La fila de carros se extendía por más de tres cuadras. Todos esperaban su turno para tanquear combustible en la YPFB, la gasolinera estatal. Tenía un largo itinerario por delante, pero primero debía resolver el tema de la gasolina para la moto.
En el hospedaje me habían recomendado estacionarme a un lado de la estación y preguntar si podía tanquear. A los que van en moto generalmente los dejan saltarse la larga fila, ya que no se demoran tanto en llenar.
Pasé la larga fila de carros y me estacioné a un costado. Había personal del ejército a lado y lado de la estación, me imagino que para evitar cualquier altercado. Después de todo, actualmente se presentan bloqueos en el país debido a la insatisfacción de los bolivianos con la escasez de gasolina.
Sin tratar de llamar mucho la atención (en vano probablemente, con una moto colombiana cargada de maletas), me acerqué a una empleada que estaba tanqueando los vehículos.
—¿Solo una moto? —me preguntó después de contarle mi situación.
Miró la fila y me señaló para que trajera la moto detrás de uno de los carros próximos a tanquear.
Cuando fue mi turno, otro empleado se acercó y, casi susurrando, me dijo:
—¿Sin factura?
Me dio el precio y le pedí que me llenara la moto y el contenedor extra.
Cuando terminó de llenar el contenedor, le puse la tapa y se me regó un poco de gasolina encima de la moto. A pesar de mi pánico, el empleado no pareció alterarse para nada, por lo que lo tomé como una señal de que no era tan catastrófico como me lo estaba imaginando. Luego de limpiar la moto con un trapo húmedo, seguí el camino hacia mi primer destino: el salar de Uyuni.
En realidad no estaba muy seguro de si quería ir al salar. Por un lado, es un plan súper turístico, lleno de agencias, tours y atracciones cliché que rara vez me llaman la atención. Si recorría el salar en la moto, corría un alto riesgo de corroer muchos de sus componentes con la sal. La única forma de disminuir ese riesgo era haciéndole una lavada profunda después, tarea que tampoco me provocaba.
Al final llegué a un compromiso. Iba a ir en la moto solo hasta la entrada, hasta donde llegara el pavimento (en el salar todo se recorre por caminos de sal). En Colchani, pueblo de entrada al salar, parqueé la moto justo donde terminaba el pavimento, caminé un rato sobre el salar y continué hacia mi próximo destino: Potosí.
El camino a Potosí fue una montaña rusa de subidas y bajadas por el altiplano boliviano. Manejando a una altura promedio de 3.000 metros sobre el nivel del mar, cada ascenso se me hacía eterno, pues se sentía más la pérdida de potencia de la moto por la altura. En cada subida deseaba que fuera la última, pero después de cada bajada aparecía siempre una nueva montaña por subir.
Así se fueron los 200 kilómetros entre Uyuni y Potosí, subiendo y bajando por las desoladas montañas del altiplano, donde se veían más llamas que personas.
Potosí es llamada la ciudad de la plata, dada la enorme cantidad de plata que extrajeron los españoles durante la época colonial. Esa riqueza convirtió a Potosí en una ciudad próspera, con una arquitectura imponente. Hoy en día, aunque ya no queda plata, la arquitectura de esa prosperidad todavía se conserva. En 1987, la UNESCO inscribió la ciudad como Patrimonio Cultural de la Humanidad.
Luego de llegar al hospedaje en Potosí, caminé un poco por el centro de la ciudad antes de volver a mi habitación y descansar de un largo, pero satisfactorio, día de viaje.
Feliz noche,
Camilo Mazo
Camilo Mazo es aventurero, fotógrafo y autor de Fukuoka to Naples. Ha viajado, trabajado y documentado culturas en Asia, Oceanía, Europa, Norteamérica, Centroamérica y Sudamérica, explorando perspectivas de vida de distintas culturas a través de sus relatos y fotografías.
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