Mayo 11, 2026 — Día 67 — Potosí (Descanso)
Las calles de Potosí amanecieron tranquilas esta mañana. Un nuevo bloqueo, esta vez de maestros protestando por mejores condiciones, había detenido la mayor parte del tráfico en el centro histórico. Con pupitres, bancos y banderas habían bloqueado las calles. Pareciera que las protestas y los paros son algo frecuente en el país.
Con los vehículos impedidos de entrar al centro, las calles se llenaron de personas caminando hacia sus destinos. Sin la bulla de los carros, con las calles funcionando como vías peatonales, así debió sentirse la ciudad en su vibrante pasado.
Si bien Potosí ya no es la rica ciudad de plata que una vez fue, parte de esas riquezas permaneció en la cultura y la arquitectura que aún sobrevive en la ciudad.
La herencia cultural que dejó la riqueza de épocas pasadas se siente en las calles. Se ve en las múltiples modisterías vendiendo trajes formales de moda europea. Se ve en los tradicionales vestidos de las mujeres mayores, con su falda amplia (pollera), su manta sobre los hombros, su sombrero amplio y sus largas trenzas. También se ve en las personas jóvenes, con una moda más contemporánea, pero igual de elaborada.
Caminando entre edificios coloniales y callejones zigzagueantes diseñados para cortar el viento, comienzo a sentir una falta de aire y una fatiga general. A más de 4.000 metros sobre el nivel del mar, Potosí es una de las ciudades más altas del mundo, incluso por encima de La Paz. Comienzo a sentir ligereza en la cabeza, como si hubiera inflado varios globos muy rápido.
En el mercado central, luego de almorzar un “picante de pollo” (guiso tradicional andino a base de ajíes), me doy a la tarea de encontrar hojas de coca para ayudar a aliviar el mal de altura.
Luego de recorrer el mercado, solo encontré un puesto vendiendo frutas, verduras, especias y lo que parecía ser hojas de coca. Le pregunté al tendero qué eran las hojas y, como si hubiera leído mi mente, me dijo:
—No es coca, es laurel.
Estaba en la sección equivocada. Me indicó dónde podía encontrarlas, en otra parte del mercado, a la que se accedía por una puerta distinta a la que había usado para entrar.
Una vez hallé la puerta indicada, me encontré con varios puestos, cada uno con una señora mayor sentada frente a una gran bolsa cubierta con una tela. Le pregunté a una de ellas por hojas de coca y retiró la tela para revelar las hojas que estaba buscando.
La señora me vendió una bolsita llena de hojas y luego se metió unas cuantas a la boca, masticándolas para mostrarme cómo podía consumirlas.
—Para la altura —me dijo.
Justo lo que necesitaba.
Masticar las hojas me ayudó con el ligero mareo, pero para la fatiga, la mejor solución que encontré fue hacer varias paradas en el hospedaje para descansar entre cortas caminatas.
El sol comienza a ocultarse en la plaza principal mientras escribo esto, y ya se empieza a sentir el frío de la noche. Es momento de ir a buscar un chocolate caliente y disfrutar de mis últimas horas en la ciudad de plata.
Feliz noche,
Camilo Mazo
Camilo Mazo es aventurero, fotógrafo y autor de Fukuoka to Naples. Ha viajado, trabajado y documentado culturas en Asia, Oceanía, Europa, Norteamérica, Centroamérica y Sudamérica, explorando perspectivas de vida de distintas culturas a través de sus relatos y fotografías.
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