Mayo 12, 2026 — Día 68 — Potosí a Sucre (157 km)
Cada vez que hacía algún esfuerzo en la moto, sentía la falta de aliento. De todos los días en los que he estado en altura, ayer fue el que más difícil se me hizo. Felizmente, hoy iba a descender significativamente: de unos 4.000 metros a unos 2.800 metros sobre el nivel del mar, hacia la ciudad de Sucre.
Descendiendo cómodamente por la carretera, la moto no tuvo ninguna deficiencia de potencia, como en días pasados. Pasando por el pueblo de Betanzos, encontré una gasolinera estatal donde podría probar mi suerte comprando gasolina. Como había deducido correctamente, en este pequeño pueblo la fila era más corta que en Uyuni y en Potosí.
Cuando llegó mi turno de tanquear y, creyendo conocer el procedimiento, le pregunté al ayudante:
—¿Cuál es el precio sin factura?
—El precio local nomás —me dijo.
Comenzó a llenar la moto y, cuando terminó, le pedí que también llenara el contenedor extra de gasolina.
—No podemos llenar el tanque sin autorización, solo la moto.
No quería tener que ir a otra estación de gasolina para jugármela de nuevo en la ruleta de la gasolina. Parqué a un lado de la estación y volví con el contenedor. Le pedí de nuevo si podía llenarlo, al precio que él dijera.
Luego de considerarlo unos segundos, me dijo que pusiera el contenedor a un costado. Después de tanquear el carro que estaba en la fila, rápidamente llenó el contenedor con 5 litros. El medidor marcaba 34 bolivianos, el precio local. Alisté los 34 bolivianos exactos y, cuando le pregunté si ese era el precio, me dijo que el precio para extranjeros era mayor.
Comencé a buscar mi billetera, pero cuando vio que tenía el cambio exacto de 34, y quizás queriendo agilizar la transacción, tomó el dinero y me dijo que así estaba bien.
Así había terminado con el tanque de la moto y el contenedor extra llenos, hasta lo que me deparara en la siguiente tanqueada de gasolina.
Más o menos a mitad de la ruta de hoy, el paisaje empezó a parecerse mucho a algunos lugares de Colombia. En ciertos momentos me recordaba a los campos alrededor de la laguna de Tota, en Boyacá. En otros, a la vía entre Medellín y Santa Fe de Antioquia.
Al comienzo sentí algo de nostalgia. Luego, una cierta incomodidad se apoderó de mí. No quiero estar tan lejos de Colombia para ver paisajes similares. Comencé a buscar diferencias para sacudir ese sentimiento. Las formas de vestir, los animales en la vía, los buses… esos pequeños detalles me ayudaron a aterrizar la mente de nuevo en Bolivia.
La ciudad de Sucre se me pareció, irónicamente, a Popayán. Como Popayán, Sucre tenía una hermosa arquitectura colonial, con el blanco como color predominante. Pero hasta ahí llegaban las similitudes. Sucre, siendo la capital oficial de Bolivia, es mucho mayor en tamaño y escala que Popayán.
En la tarde, las calles se llenaron de trabajadores y estudiantes. Niños y familias compartían y jugaban en la plaza principal. Había mucha vida y energía en las calles. El mercado central también brotaba de vida, con un laberinto de secciones y muchas personas recorriendo cada uno de los pasillos.
En el mercado probé el pan con chorizo, enrollado de cerdo y queso fresco. Compré algunas variedades de pan y huevos antes de regresar al hospedaje para cocinar algo y finalizar el día.
Feliz noche,
Camilo Mazo
Camilo Mazo es aventurero, fotógrafo y autor de Fukuoka to Naples. Ha viajado, trabajado y documentado culturas en Asia, Oceanía, Europa, Norteamérica, Centroamérica y Sudamérica, explorando perspectivas de vida de distintas culturas a través de sus relatos y fotografías.
Esta pagina es apoyada 100% por la venta de libros.