Mayo 14, 2026 — Día 70 — Sucre a Oruro (331 km)

Uff… La ruta de hoy estuvo difícil. Definitivamente, una de las más difíciles del viaje hasta ahora.

El camino comenzó tranquilo y agradable. La salida de Sucre estaba llena de pinos y montañas rocosas. Para la distancia que debía recorrer hoy, salí un poco tarde. A las 10 comencé a manejar, pero entre varias paradas para comprar agua y algo de comer para el camino, terminé saliendo de la ciudad a las 10:45.

La carretera era ondulante y estaba llena de ascensos y descensos. Al mediodía no había avanzado ni la mitad de lo que tenía planeado, así que tuve que acelerar el paso y reducir las paradas. Aunque, en realidad, acelerar no hacía mucha diferencia: subiendo en altura, la potencia de la moto apenas daba para avanzar en segunda, a unos 40 kilómetros por hora. El viento fuerte y helado tampoco ayudaba. Con frío y mucha distancia todavía por delante, traté de detenerme lo menos posible. El cuerpo comenzaba a cansarse y permanecer sentado empezaba a doler.

Cerca del atardecer, todavía faltaban unos 90 kilómetros y ya estaba bajo de gasolina. Paré en un pueblo del camino donde había una estación de gasolina estatal. No había mucha fila, así que esperé detrás de los carros. Cuando llegó mi turno, el ayudante, muy desinteresado, me dijo que no podía llenar el contenedor extra de gasolina.

Me pidió el número de la placa y, al darse cuenta de que era extranjera, me dijo que no tenían el sistema para cobrarles a extranjeros.

¿La solución? Me pidió que me estacionara a un lado y que volviera con el contenedor, el mismo que, hacía unos segundos, me había dicho que no podían llenar.

Hice lo que me dijo, pero cuando regresé con el contenedor, me indicó que debía comprar uno más grande. No estaba de ánimo para perder más tiempo, así que le dije que el que tenía estaba bien y que con cinco litros bastaría.

Tanqueó un carro. Luego otro. Y después otro más.

El “ayudante” no me decía nada sobre llenar el contenedor, y cada minuto que pasaba reducía el tiempo de luz que me quedaba. Cuando finalmente le pregunté si me lo iba a llenar, me dijo que esperara, a pesar de que ya había hecho la fila.

Sin tiempo que perder, le di las gracias y me fui sin llenar el contenedor. La gasolina que me quedaba tendría que alcanzarme hasta Oruro.

Los últimos 90 kilómetros fueron, afortunadamente, mayormente de bajada, lo que me ayudó a mantener una buena velocidad. El viento y el frío eran otro cuento.

A las 5:15 p. m., y faltando casi 30 km, me encontré con un desvío hacia una vía destapada. Estaban arreglando la carretera de entrada a Oruro.

Entre las nubes de polvo que levantaban los camiones y la poca luz que quedaba del día, traté de avanzar lo más rápido posible sobre el áspero terreno. Cuando los rayos del sol chocaban contra las nubes de polvo, todo se volvía amarillo y apenas podía ver unos cuantos metros hacia adelante.

Después de salir del camino de tierra y ya a pocos kilómetros del hospedaje, no había superficie en mí ni en la moto que no estuviera cubierta por una buena capa de polvo.

Cansado y con mucho frío, llegué finalmente al hospedaje en Oruro, a 3.700 metros sobre el nivel del mar. El trayecto solo me había tomado ocho horas y media… y algo de sufrimiento, tanto mío como de la moto.

Feliz noche,

Camilo Mazo


Camilo Mazo

Camilo Mazo es aventurero, fotógrafo y autor de Fukuoka to Naples. Ha viajado, trabajado y documentado culturas en Asia, Oceanía, Europa, Norteamérica, Centroamérica y Sudamérica, explorando perspectivas de vida de distintas culturas a través de sus relatos y fotografías.

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