Mayo 15, 2026 — Día 71 — Oruro a La Paz (240 km)
Varias personas me habían hablado del trayecto de hoy. Algunos me decían que todo iba a estar bien y que iba a poder llegar a La Paz. Otros me decían que era muy complicado y que era mejor no intentarlo. Estaba determinado a escuchar a los primeros.
Antes de comenzar la ruta, tenía que asegurarme de que la moto estuviera lista. Le apreté y lubriqué la cadena rápidamente y me fui para la estación de gasolina, no había tiempo que perder. En la estación, mientras otro cliente llenaba su carro de combustible, le pregunté al ayudante si podía llenar la moto y el contenedor extra.
—Nada de bidones —me dijo firmemente.
Cuando se fue el cliente que estaba enfrente de mí, me dijo en ese susurro sospechoso:
—¿Sin factura?
Le dije que sin factura estaba bien y le pregunté si me podía llenar el “bidón”.
—Lo llenamos en un momento.
Estando full de gasolina, estaba listo para salir de Oruro hacia La Paz.
A varios kilómetros saliendo de la ciudad me encontré con el primer bloqueo. ¿Por qué podía ser complicado el trayecto de hoy? Porque había un paro en la vía hacia La Paz, con numerosos bloqueos en el camino.
En el primer bloqueo, un grupo de campesinos me rodeó en la moto. Todos eran muy cordiales y amigables. Me preguntaron varias veces de dónde era y hacia dónde iba. Estaban de buen humor y se reían. Varios de ellos tenían recubrimientos metálicos en los dientes. Luego de varios minutos, me dejaron pasar, con la advertencia de que más adelante se iba a poner más difícil el cruce.
A varios kilómetros me encontré con el siguiente bloqueo. Esta vez, los tres o cuatro manifestantes estaban muy determinados en que no iba a pasar. Excepto uno de ellos, que intentó convencer a los otros de que me dejaran pasar porque era colombiano. Al fallar su intento de persuasión, me dijo que me devolviera y tomara el desvío por una vía destapada a unos cien metros.
Así transcurrió la mañana: esquivando bloqueos y los múltiples obstáculos que había en la carretera. HHabían llenado la vía de piedras para dificultar el paso, de montículos de tierra y de escombros, pero en cada uno de esos obstáculos siempre había una forma de pasar. Muchos de los bloqueos con personas también logré esquivarlos, encontrando desvíos para no tener que negociar el paso.
Había bloqueos donde pedían dinero. Había bloqueos donde solo querían conversar un rato (creo que querían ser escuchados). Como no podía pasar ningún vehículo, excepto motos, la vía de doble calzada estaba libre de carros. Solo había piedras, obstáculos y personas caminando hacia su destino final. Sin carros, las personas se veían obligadas a caminar. Cuántos kilómetros no habrán tenido que recorrer, quizás durante varios días, para llegar a La Paz.
En uno de los bloqueos, con un grupo de campesinos y campesinas, me dijeron que si quería pasar tenía que trabajar y poner piedras en la vía. En ningún momento sentí que estas personas quisieran obrar de mala forma o perjudicarme. Eran personas cálidas con una causa y, la mayoría de las veces, luego del obligado “no puede pasar” o “adelante está peor”, bajaban su escudo y mostraban su amabilidad.
Pidiéndome que trabajara para pasar, y queriendo apoyarlos en su protesta, accedí a poner piedras en el camino. Al tomar las primeras piedras de un costado de la vía, todo el grupo comenzó a reír. Quería hacer un buen trabajo, así que comencé a poner cada piedra en una línea muy recta. Al ver mi trabajo, el grupo de campesinos siguió riendo y alentándome. Después de poner dos tandas de piedras en la vía, me dijeron que ya parara y que podía continuar el camino, pero quería poner una tanda más.
—Las últimas —les dije.
—Las últimas y sigue tu camino —respondieron algunas campesinas.
Saliendo de ese bloqueo, una señora que caminaba en la vía me insistió varias veces en que la llevara en la moto. Le dije que, con todo el equipaje y lo complicada que se podía poner la vía, era mejor que no.
—Ya estoy cansada —me dijo.
—Hasta el siguiente pueblo —siguió insistiendo.
Tratando de hacerle un espacio entre mi puesto y el equipaje, Silvia (así se llamaba) se montó y seguimos el camino bastante apretados. Esquivé un par de obstáculos y montículos de tierra hasta que llegamos a un bloqueo con dos señores mayores.
—No se pueden pasajeros —nos dijeron.
—Vamos a pincharle la llanta.
Después de todos los paros que había pasado, era difícil no ver más allá de esa máscara y saber que no hablaban en serio. Silvia les dio un par de monedas y nos dejaron pasar a los dos, pero ella prefirió seguir caminando, seguramente para no causarme mayores problemas.
Entre tantos bloqueos, preferí guardar los guantes a pesar de que estuviera haciendo frío. En uno de los paros, un señor ya mayor se acercó hacia mí y vio mis manos descubiertas. Tomó una de ellas como intentando calentarlas.
—Están frías.
Conversé un rato con ellos, nos reímos y, antes de dejarme pasar, volvió a tomar mi mano una última vez.
Después de ese momento, sentí una conexión más profunda con el pueblo boliviano.
En uno de los bloqueos había muchas personas y ninguna forma de evitarlas. Estaban arrimadas a un costado de la vía y, al otro, había un pequeño paso entre la tierra. Al acercarme más, vi que ninguno estaba orientado hacia mí, sino hacia un lado de la vía. Todos miraban hacia abajo. Pasé por un costado, pero quise entender qué estaba pasando. Estaban rezando en la vía. Uno de los manifestantes estaba en medio de una oración mientras todos escuchaban. Queriendo compartir un rato ese momento, me quedé unos minutos escuchando el rezo antes de que dos campesinos me dijeran que siguiera.
El resto de la tarde me la pasé así: tratando de esquivar bloqueos y buscando desvíos para llegar a La Paz. Los últimos veinte kilómetros fueron los más lentos y donde encontré más bloqueos. Cada uno de ellos mostraba su determinación de no dejarme pasar hasta que, inevitablemente, terminaban mostrando su calidez y amabilidad.
Llegué a La Paz ya casi oscureciendo. Ya dentro de la ciudad, cualquier signo del paro desapareció y todo parecía volver a la normalidad.
Fue un día de conocer muchas personas, de evitar muchos obstáculos y de retarme de una forma en la que no me había retado antes. Como les dije a muchas de las personas en los bloqueos: apoyo su causa, pero también tengo que regresar a casa, en Colombia.
Feliz noche,
Camilo Mazo
Camilo Mazo es aventurero, fotógrafo y autor de Fukuoka to Naples. Ha viajado, trabajado y documentado culturas en Asia, Oceanía, Europa, Norteamérica, Centroamérica y Sudamérica, explorando perspectivas de vida de distintas culturas a través de sus relatos y fotografías.
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