Mayo 23, 2026 — Día 79 — Sicuani a Cusco (155 km)

Me gusta cuando puedo manejar largos trayectos varios días seguidos. Ayer había manejado todo el día, llegado al hospedaje en Sicuani, dormido, y hoy ya estaba continuando el camino. Cuando esto sucede, los días comienzan a entrelazarse. Cada día en un lugar nuevo, cada día un paisaje distinto. Todo se mezcla y comienza a sentirse como una especie de sueño.

La vía camino a Cusco cruzaba por valles planos rodeados de verdes y hermosas montañas. Me estaba acercando a lo que llaman el Valle Sagrado, y comenzaba a entender por qué lleva ese nombre. Los llanos del valle eran verdes y fértiles, y el río Vilcanota, que lo atravesaba, era amplio y cristalino.

En una pequeña comunidad campesina llamada Llocllora, curioso por la arquitectura, me desvié por una de las callecitas del pueblo. Adelante de mí aparecieron dos perros: uno era un pastor alemán y el otro parecía una mezcla entre pitbull y criollo. Ambos comenzaron a perseguirme mientras avanzaba en la moto.

Ya esto me había sucedido anteriormente. Normalmente, los perros te persiguen, pero hasta ahí llega la cosa. Esta vez no. El perro mezcla de pitbull alcanzó mi pierna y me mordió antes de que pudiera acelerar y escapar de ellos.

Sin saber qué hacer, paré la moto a una distancia segura y revisé mi pierna. Me había alcanzado a sacar sangre en varios puntos. Asustado, le pregunté a una señora que vendía bebidas en la calle de quién eran los perros. Me señaló la casa de la dueña, pero me dijo que lo mejor era que primero fuera a la comisaría y luego a la “posta”, un pequeño centro de salud.

Al llegar a la comisaría, les conté a los policías lo que había pasado y les mostré una foto del perro que había tomado desde lejos. Luego de tomar mis datos, me acompañaron a la posta.

El doctor revisó mi herida. No había sido muy profunda, por lo que no la consideró especialmente riesgosa. Sin embargo, me hizo una limpieza, me recetó antibióticos y me recomendó que fuera con la policía a hablar con los dueños del perro para confirmar que estuviera vacunado.

Los policías ya se habían adelantado a esa tarea y tenían identificado al dueño, quien estaba en el colegio, apenas un par de cuadras de la posta.

El dueño, al ver la foto, confirmó que era su perro y aseguró que sí estaba vacunado, aunque no tenía el carnet en ese momento. Uno de los policías lo regañó por lo sucedido, le pidió que compartiera el certificado lo antes posible y que me reembolsara el costo de la revisión médica, el cual no había sido mucho.


Aburrido por lo que había pasado y por todo el tiempo que se me había consumido con ese tema, continué hacia Cusco en busca de algo de confort. En uno de los pueblos del camino encontré justamente eso.

Era una tienda con una fachada pintada de rojo y un dibujo de lo que parecía ser una cerveza. En realidad no era cerveza, sino un bar de chicha, una bebida fermentada a base de maíz.

Entré al bar y había una pareja de campesinos con vestimenta tradicional tomando chicha, una señora amamantando a un bebé y una joven atendiendo el lugar.

Pedí una chicha, y la joven abrió un contenedor grande de plástico, metió una jarra y me sirvió en un vaso una chicha artesanal espumosa. Después de un par de sorbos, sentí cómo la bebida calmaba mis nervios y me devolvía algo de tranquilidad.

Pedí otra más para llevar y seguí mi camino a Cusco, un poco más calmado y con el día ya casi terminando.

Llegué casi de noche al hospedaje en Cusco, a unos quince minutos de la plaza principal. Luego de dar una vuelta por los alrededores, volví al hospedaje para terminar mi chicha y finalizar el día.

Feliz noche,

Camilo Mazo


Camilo Mazo

Camilo Mazo es aventurero, fotógrafo y autor de Fukuoka to Naples. Ha viajado, trabajado y documentado culturas en Asia, Oceanía, Europa, Norteamérica, Centroamérica y Sudamérica, explorando perspectivas de vida de distintas culturas a través de sus relatos y fotografías.

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