La última vez que escribí, estaba en un caserío en mitad de la nada, con una llanta pendiente de reparar. Ese mismo día, antes de que anocheciera, encontré al único llantero del caserío para que me ayudara con la moto. Con poca fineza, arregló el neumático pinchado de la llanta trasera y volvió a instalarlo.

Esa noche, a falta de algo que me animara, tuve que contentarme con un plato de pollo saltado y una Cusqueña Negra en el restaurante de la estación de gasolina, al lado de mi hospedaje, también ubicado allí. La gasolinera era, efectivamente, el centro de aquel caserío.


Junio 11, 2026 — Día 98 — Chuquicara a Huanchaco (203 km)

Al día siguiente, con la llanta reparada, pude continuar camino hacia la Vía Panamericana, pero no sin antes recorrer 65 kilómetros esquivando huecos y trampas mortales. Esto último no es una exageración. Había un puente que de puente solo quedaba las delgadas vigas de su estructura metálica, sin nada que detuviera una caída al río Santa si algo salía mal durante el precario cruce. No tenía ninguna intención de arriesgarme, así que tuve que tomar una ruta más larga hasta llegar al pueblo de Santa y retomar la Panamericana.

Una vez en la Panamericana, pude volver a concentrarme en los paisajes en vez de los huecos que tenía que esquivar. Se sentía bien regresar a esta autopista. Las rectas bien pavimentadas, los paisajes y una mayor velocidad sin demasiado esfuerzo me ayudaban a entrar de nuevo en un estado de meditación sobre la moto.

También se sentía bien regresar a paisajes familiares y reconocer lugares de hace un par de meses atrás. Uno de ellos era Huanchaco, donde volví a quedarme en el mismo hospedaje frente al mar.


Junio 12, 2026 — Día 99 — Huanchaco a San Pedro de Lloc (103 km)

Después de una noche de descanso en Huanchaco, quise darme una mañana tranquila antes de continuar hacia el norte del Perú por la Panamericana.

Luego de desayunar frente al mar, retomé el viaje con la intención de ir más despacio. Llevaba varios días llevándome a mí y a la moto al límite. Habían sido jornadas difíciles, y eso también hacía parte del viaje. Pero este día era para avanzar sin prisa.

El día estaba nublado y no hacía mucho calor. Escuchando el motor y observando los áridos paisajes de la Panamericana, pude volver a ese estado meditativo que había olvidado.

Como había hecho decenas de veces anteriormente, en un momento del día me detuve al borde de la carretera, donde normalmente hay escombros y basura, para tomar una foto de las montañas. Minutos después de retomar la marcha, volví a sentir en la moto algo terrible pero familiar: la llanta trasera estaba patinando; se había vuelto a pinchar.

Era la segunda vez en tres días. Quizás había sido muy mala suerte, pero también lo tomé como una señal de que probablemente las llantas ya estaban demasiado gastadas y era hora de cambiarlas. Antes, sin embargo, tendría que volver a desbaratar media moto.

Esta vez, con señal de celular y en un lugar menos remoto que la ocasión anterior, me sentía más confiado. Encontré un soporte improvisado entre la basura al costado de la vía y metódicamente comencé a desmontar la llanta. Ya no era mi primera vez, y había aprendido un par de trucos útiles en la llantería dos días antes.

Quise parchar la cámara por mi cuenta y, luego de seguir todos los pasos, era momento de volver a inflarla con mi compresor de aire digital.

Estaba preparado para muchas cosas, pero una de ellas no era que el compresor fallara. Lo intenté varias veces, de múltiples formas, pero la llanta no quería inflarse. ¿La habría parchado mal? Probé con la cámara de repuesto y tampoco funcionó.

Agotándose mis opciones, intenté detener a alguno de los carros o motos que pasaban por la carretera para pedir ayuda. Quizás alguno tendría un compresor que pudiera prestarme. Pero, después de veinte minutos intentándolo, ningún carro había querido parar y ninguna de las pocas motos que sí lo hicieron llevaba un inflador.

Casi derrotado, volví a intentarlo una última vez con mi compresor y, por alguna misteriosa razón, decidió funcionar.

Me gustaría que ese fuera el final de la historia, pero veinte kilómetros más adelante la llanta volvió a desinflarse. Ya oscureciendo y cansado, tuve que avanzar dos kilómetros más con la llanta pinchada hasta el siguiente pueblo y encontrar algún lugar donde dormir.


Junio 13, 2026 — Día 100 — San Pedro de Lloc a Piura (333 km)

Prioridad del día: arreglar la llanta y comprar llantas nuevas.

Ambas cosas las conseguí sorprendentemente rápido. A pocos metros del hospedaje de carretera donde había pasado la noche, encontré otro llantero, comparable en fineza al de Chuquicara.

Después de reparar la llanta, continué hasta Pacasmayo, donde en dos o tres tiendas de repuestos encontré las llantas que estaba buscando a precios razonables. Las amarré a la moto y me dirigí al tercer llantero del viaje.

Esta vez, por fin, había encontrado a uno que no utilizaba un martillo como principal herramienta para resolver cualquier dificultad.

Con llantas nuevas, espero que esta sea la última vez que tenga que escribir sobre pinchazos durante mucho tiempo. En cualquier caso, se sentía muy bien estrenar llantas. La moto se sentía más fácil de maniobrar y más ligera.


Junio 14, 2026 — Día 101 — Piura a Arenillas (338 km)

El día en que por fin salí de Perú y regresé a Ecuador.

Digo “por fin” porque, a pesar de sus paisajes y espectaculares lugares, Perú fue un país bastante retador. Por el estado de las carreteras, por los otros conductores, y por todo el episodio de la llanta. Además, es mucho más grande de lo que imaginaba. A veces siento que este viaje ha sido principalmente viajar por Perú, con alguna que otra visita breve a otros países.

Afortunadamente, desde Piura hasta la frontera, salvo algunos tramos, la carretera estaba en relativamente buen estado. Quizás esto también sea una cuestión de perspectiva. Recuerdo que cuando entré por primera vez a Perú desde Ecuador me parecieron vías muy deterioradas. Ahora, después de haber recorrido carreteras mucho peores, las veía con otros ojos.

La ruta hacia la frontera consistía en largos tramos sin mucho que ver. Era regresar a la nada y volver a estar solo con mis pensamientos.

De los pocos lugares memorables del camino, se sentía bien reconocerlos y repasarlos en sentido contrario, como una nueva perspectiva sobre algo que ya había vivido.

Una vez en la frontera de Huaquillas, y ya con seis cruces terrestres en Suramérica, me sentía lo suficientemente experimentado para completar el trámite con rapidez.

Registrar la salida del país en el pasaporte. Registrar la entrada al siguiente. Entregar el permiso de la moto del país de salida. Solicitar el permiso correspondiente en el país de entrada.

Llegué a Arenillas antes del atardecer. La calle donde estaba mi hospedaje se encontraba bloqueada. En un par de horas sería el primer partido de Ecuador en el Mundial de Fútbol y habían instalado una pantalla gigante para que los habitantes del pueblo lo vieran juntos.

En recepción me indicaron cómo ingresar la moto al parqueadero y más tarde, ya en mi habitación, escuchando gritos y vuvuzelas a lo lejos, pasé mi primera noche en Ecuador después de veinticinco días recorriendo Perú.


Junio 15, 2026 — Día 102 — Arenillas a Loja (210 km)

El destino me estaba diciendo que visitara la ciudad de Loja.

Cuando viajaba hacia el sur hace un par de meses, el cierre de todas las fronteras ecuatorianas excepto dos me había obligado a saltarme esta ciudad. Pero esta vez la historia sería distinta.

Para continuar hacia el norte tenía tres alternativas. La primera, pasando por Machala, aparecía en iOverlander (una aplicación que uso para planear rutas) llena de advertencias sobre policías que aparentemente solicitaban dinero por infracciones inexistentes. La segunda, la misma que había tomado bajando hacia Perú y que me había impresionado por la cantidad de piedras sobre la vía, estaba cerrada (vaya sorpresa) por derrumbes. La tercera, y la que parecía más viable, me llevaba a Loja.

Si hay algo que he aprendido en este viaje es que la carretera debía permitirme poder dejar atrás mis preocupaciones, no llenarme de nuevas. Con esa idea en mente, salí temprano de Arenillas rumbo a Loja.

El olor a café me recibió al entrar en Piñas, un pequeño pueblo en el camino. Estaba entrando en tierra cafetera. Después de todo, Loja es uno de los principales centros productores de café de Ecuador.

Después de Piñas, en Ambocas, la ruta continuaba por vía destapada. Ya confiando nuevamente en mis llantas nuevas, me adentré en la trocha que ascendía por la montaña. Aun así, lo que buscaba aquel día era un camino sencillo y tranquilo, y una trocha desconocida no parecía encajar mucho con esa idea.

A lo lejos, en las montañas, podían verse distintos aguaceros cayendo desde nubes grises. No se veían motos ni carros pasar, salvo alguna camioneta de vez en cuando.

Que la ruta se lleve tus preocupaciones y no que te llene de ellas.

Después de aproximadamente una hora de ascenso por la montaña, me crucé con un motociclista cargado con todo su equipamiento de viaje, igual que yo, pero en sentido contrario. Al pasar, me saludó y me hizo un gesto de ánimo, como el que a uno le provoca hacerles a los ciclistas cuando los ve enfrentarse a una pendiente pronunciada.

Luego pasó un segundo motociclista.

Si ellos estaban pasando por allí, significaba que no estaba loco. O, al menos, no era el único.

Aunque en realidad lo último que quería era una trocha ese día, resultó ser exactamente lo que necesitaba para salirme de mi cabeza y regresar al momento presente.

Media hora después, había llegado a El Cisne y regresado al pavimento.

El resto del trayecto hasta Loja me lo pasé esquivando aguaceros. En Catamayo, uno de ellos estuvo a punto de alcanzarme, pero antes de que se descargara me refugié en un restaurante junto a la carretera y aproveché el momento para almorzar.

En Loja comenzó otro aguacero justo cuando llegué al hospedaje. Esperé a que pasara para salir a caminar por la ciudad y sentarme en uno de sus muchos cafés reconocidos, donde comencé a escribir sobre la experiencia de estos últimos días.

Feliz noche,

Camilo Mazo


Camilo Mazo

Camilo Mazo es aventurero, fotógrafo y autor de Fukuoka to Naples. Ha viajado, trabajado y documentado culturas en Asia, Oceanía, Europa, Norteamérica, Centroamérica y Sudamérica, explorando perspectivas de vida de distintas culturas a través de sus relatos y fotografías.

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