Después de diez días conduciendo todos los días, durmiendo cada noche en un lugar distinto y de varios incidentes en la vía, por fin había llegado a Cuenca. Era una ciudad donde me sentía cómodo y donde añoraba poder descansar un par de días.
Los últimos días habían sido una combinación de varadas en la vía, rutas complejas y desgaste físico en múltiples niveles. Al final, estaba avanzando lo más rápido posible para salir de Perú y entrar a Ecuador, donde podría sentirme más cómodo cerrando el capítulo de la experiencia peruana y comenzar uno nuevo.
No está de más decir que, durante esos intensos días, escribir estas entradas se me hizo más difícil y retador. Aun así, hice una recopilación de los últimos días de viaje en una entrada de mi página (aquí la puedes encontrar). Es un poco más extensa de lo normal y, al ser una mezcla de días y experiencias, preferí no compartirla por correo. Si quieres saber qué ha pasado en los últimos días y qué ocurrió desde la última vez que escribí, varado en un caserío en mitad de la nada en Perú, puedes leerlo allí.
Junio 16, 2026 — Día 103 — Loja a Cuenca (215 km)
Ayer salí de Loja con destino a Cuenca. La mañana estaba nublada y hacía un frío agradable. Saliendo de la ciudad, las verdes montañas me recordaban paisajes familiares. Me sentía recorriendo montañas antioqueñas, como si en cualquier momento fuera a encontrarme con un pueblito cafetero como Jardín o Jericó. Era una sensación bienvenida, un poco de familiaridad que me brindaba confort y me recordaba que ya estaba cerca de Colombia.
En realidad, iba afanado por llegar a Cuenca. Sabía que allí podría llegar a mi añorado descanso. Sentía el cansancio acumulado de los últimos días: del desierto peruano, de haberme varado dos veces y del agresivo tráfico del país. Todo eso parecía haberse disipado al entrar a Ecuador. Había llegado directamente a las templadas montañas ecuatorianas, estrenando llantas nuevas, y el tráfico era mucho más calmado y educado.
Llegué a Cuenca en horas de la tarde. El cielo seguía cubierto y el día mantenía ese frío agradable. En el hospedaje donde me había quedado la última vez, y donde sabía que podría descansar apropiadamente, vi una moto colombiana parqueada en la entrada. Era una Honda XR150. Cuando conocí a su dueño, me sorprendió su nacionalidad. Era un coreano que había comprado la moto nueva en Bogotá y que, después de seis meses recorriendo Suramérica, también iba de regreso a Colombia para venderla y regresar a su país.
La última vez que había estado en este hospedaje también conocí a un extranjero con una historia similar. Había sido un español de las Islas Canarias que había comprado una Discover 150 usada en Bogotá y que, en ese momento, también estaba comenzando su viaje, como yo.
Compartí algunas experiencias con el coreano. Hablamos de los lugares que habíamos visitado y de lo que nos había sucedido durante el camino. Me mostró las heridas de su moto, evidencias de dos accidentes sufridos durante sus seis meses de viaje. No era extraño que ambos accidentes hubieran ocurrido en Perú y Colombia. Afortunadamente, a él no le había pasado nada grave, pero no se podía decir lo mismo de su moto. A pesar de ser de este año, ya presentaba varias fallas como consecuencia de los accidentes.
Cuando le pregunté por qué había querido venir a Suramérica desde tan lejos para recorrerla en moto, me respondió que no lo sabía. Era una respuesta que no apelaba a la razón, y aun así creí entenderla perfectamente.
El resto de la tarde lo dediqué a descansar y recuperar las energías que tanta falta me habían hecho durante los últimos días.
Feliz tarde,
Camilo Mazo
Camilo Mazo es aventurero, fotógrafo y autor de Fukuoka to Naples. Ha viajado, trabajado y documentado culturas en Asia, Oceanía, Europa, Norteamérica, Centroamérica y Sudamérica, explorando perspectivas de vida de distintas culturas a través de sus relatos y fotografías.
Esta pagina es apoyada 100% por la venta de libros.