Junio 18, 2026 — Día 105 — Cuenca a Baños (309 km)
Supuestamente ya había terminado la temporada de lluvias, pero eso no lo reflejaba el cielo. Estaba todo nublado y en el horizonte se podían ver nubes cubriendo las montañas con lluvia. En los últimos días había logrado salvarme de los aguaceros, pero hoy no iba a ser igual.
Saliendo de Cuenca y ya adentrándome en una de esas nubes lluviosas, tuve que detenerme al borde de la vía para ponerme la ropa impermeable.
Andaba por una misma ruta que, tres meses atrás, había recorrido en sentido contrario. Algunos paisajes ya los había olvidado; otros apenas los estaba recordando.
Luego de cruzar varias lloviznas, el cielo comenzó a abrirse y dejó pasar algunos rayos de sol.
En el camino, un lugar que reconocí inmediatamente fue la estación de gasolina donde había parado la vez pasada para calentarme. En aquella ocasión, toda la zona estaba cubierta por niebla y sentía tanto frío que tuve que refugiarme en la cafetería de la estación para tomar un café y entrar en calor. Esta vez, el día estaba más soleado y no había rastro de neblina. Si no había reconocido algunos paisajes antes, quizás era porque habían estado ocultos tras densas nubes.
Hoy sabía que la ruta a Baños iba a ser larga. Trataba de avanzar lo más rápido posible para alcanzar mi destino, haciendo menos paradas y agilizando más el paso. En Guamote, el camino a Baños se separaba de la ruta que ya había recorrido.
Después de un rato, siguiendo el río Chambo, comenzaron a aparecer bosques de pinos sobre las montañas y el cielo ya estaba mayormente despejado. Aun así, seguía yendo de afán, buscando llegar a Baños lo antes posible. Esto no solo me agotaba más, sino que también me impedía disfrutar del paisaje y de la ruta, ahora soleada y pintoresca. Faltando unos cuarenta kilómetros para llegar a mi destino, me propuse volver a bajar el ritmo y disfrutar del momento.
Una vez en Baños, dejé mis cosas en el hospedaje y salí inmediatamente hacia las Termas de la Virgen. Quería un momento para relajarme después del largo viaje, y la piscina de agua mineral volcánica a 42 °C parecía el lugar perfecto.
Hoy, jueves en la tarde, los termales estaban tranquilos y no había mucha gente. Al meter los pies en la piscina, comencé a sentir punzadas de ardor por toda la piel.
—Métase y no se mueva —me dijo un señor de amplia barriga, sentado al borde de la piscina, después de verme luchar con el agua.
No queriendo quedar en vergüenza, seguí sus indicaciones. Metí el cuerpo hasta los hombros rápidamente y me quedé quieto como estatua. Efectivamente, al quedarse quieto, la sensación de ardor disminuía drásticamente.
—Nosotros que hemos venido toda la vida sabemos —me dijo el señor mientras salía de la piscina.
Me quedé un tiempo en el termal, alternando entre la piscina caliente y una de agua fría. Cuando salí de los termales, ya era de noche y sentía como si mi cuerpo estuviera levitando. Llevé ese cuerpo flotante de regreso al hospedaje para finalizar el día y comenzar a escribir estas palabras.
Feliz noche,
Camilo Mazo
Camilo Mazo es aventurero, fotógrafo y autor de Fukuoka to Naples. Ha viajado, trabajado y documentado culturas en Asia, Oceanía, Europa, Norteamérica, Centroamérica y Sudamérica, explorando perspectivas de vida de distintas culturas a través de sus relatos y fotografías.
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