Junio 19, 2026 — Día 106 — Baños a Quilotoa (153 km)

Es día de continuar la ruta y en el continuar es donde más satisfacción he encontrado. Quizás eso es lo que más he disfrutado de viajar en moto, el poder avanzar constantemente hacia un destino final.

Podría quedarme más tiempo en Baños, pero el avanzar hacia un nuevo destino me resultaba igual de agradable.

Luego de una mañana nublada y lluviosa, salí de Baños casi al mediodía, cuando salió el sol y el cielo finalmente se despejó.

Hay un par de elementos que cambian significativamente la experiencia de viajar en moto, y quizás de viajar en cualquier otro medio. El primero es un cielo despejado. Qué diferencia anímica hace conducir bajo un cielo azul versus uno cubierto de nubes. Con un cielo despejado, cualquier cosa parece posible. Si a eso se le suma un tanque lleno y todo un día por delante, el cielo es el límite.

El segundo elemento es qué tan tranquilo puedes permitirte tomarte la ruta. Hay días en los que, por querer avanzar bastante (como ayer), uno empieza a andar con afán y pierde los espacios para contemplar el momento. La mente inevitablemente comienza a enfocarse solo en el llegar. Es una lección que una y otra vez he tenido que recordar.

Al dejar la Panamericana Sur con destino a la laguna de Quilotoa, el viento se sentía fresco y frío. El día estaba mayormente soleado, tenía el tanque de gasolina lleno y al menos tres horas para recorrer apenas setenta kilómetros.

En este tramo del camino, por alguna razón, había muchos perros junto a la vía. Acostados al costado de la carretera, todos parecían estar esperando algo; quizás a alguien que pasara y les lanzara algo de comida.

Ascendiendo lenta y tranquilamente por las montañas, cada vez se veían menos carros y los pueblos eran más pequeños. Primero pasé por Chimbacucho (qué nombre) y luego por Zumbahua, donde tuve que esquivar una manada de perros que comenzó a perseguirme. A unos 3.850 metros sobre el nivel del mar, había llegado finalmente a la laguna.

Quilotoa, la laguna dentro de la caldera de tres kilómetros de diámetro en el volcán del mismo nombre, se formó tras la última explosión y colapso del volcán hace unos ochocientos años. Aunque el volcán continúa activo, actualmente se considera poco probable una nueva erupción.

—Dicen que cada mil años explota. Falta poco, apenas doscientos años —decía el administrador del hospedaje al que había llegado.

Mi hospedaje se encontraba al borde del cráter, al igual que algunos otros hospedajes, tiendas y restaurantes. Caminando por el sendero que recorre el borde de la laguna y sus empinadas paredes, encontré un restaurante sencillo con una vista despejada hacia el cráter.

Al entrar, una niña que jugaba en medio del restaurante vio la cámara que llevaba colgada al cuello y se lanzó a cogerla. Tomó mis manos y, sin saber muy bien qué hacer, empecé a alzarla en modo de juego. Acto seguido salió de la cocina una joven con un sombrero negro y angosto de fieltro, como los que se ven con frecuencia en el campo de las montañas andinas ecuatorianas. Le pidió a la niña que dejara de molestarme y me entregó una carta. Mientras tanto, otra mujer, también con sombrero de fieltro, alimentaba con troncos una estufa de leña que calentaba el restaurante.

Junto con una mujer sentada en otra mesa, éramos los únicos dos clientes. Pedí un café pasado y unas empanadas de viento, rellenas de queso y fritas. Mientras observaba el atardecer desde mi mesa, las ventanas comenzaban a empañarse por el calor del interior. Poco a poco llegaron un par de grupos de turistas. Terminé mi café al mismo tiempo que terminaba el atardecer y regresé a mi hospedaje para descansar después de un agradable y tranquilo día.

Feliz noche,

Camilo Mazo


Camilo Mazo

Camilo Mazo es aventurero, fotógrafo y autor de Fukuoka to Naples. Ha viajado, trabajado y documentado culturas en Asia, Oceanía, Europa, Norteamérica, Centroamérica y Sudamérica, explorando perspectivas de vida de distintas culturas a través de sus relatos y fotografías.

Esta pagina es apoyada 100% por la venta de libros.