Junio 22, 2026 — Día 109 — Tulcán a Sibundoy (161 km)

Apenas eran las 8 a. m. y ya el tintero se había quedado sin tinto. No era de sorprender, dada la gran cantidad de personas que esperaban en la oficina de migración para salir o entrar a Ecuador. Parecía que más gente estaba entrando al país que saliendo, pero no podía estar seguro. En todo caso, sabía que con lo larga que estaba la fila, tendría que quedarme toda la mañana haciendo trámites para entrar a Colombia.

A pesar de ser una fila de más de dos horas, las personas se veían pacientes. Había colombianos, ecuatorianos, extranjeros claramente de otro continente y quién sabe de cuántas otras nacionalidades.

Había también un par de motociclistas haciendo la fila. Se reconocen fácilmente por sus trajes protectores: una pareja de colombianos, un brasileño alto y calvo, y otros tres moteros de piel blanca, altos y de cabello canoso.

Después de un rato, aparecieron algunos policías, seguramente queriendo mantener el orden entre tantas personas que buscaban entrar y salir del país. Comenzaron a llamar a quienes tenían vuelos para que pasaran al frente de la fila.

En una esquina del edificio de migración, había una niña acostada sobre una maleta, cubierta por varias cobijas. El papá, o quizás el hermano, pasaba de vez en cuando para arroparla. Hacía frío y esto iba para largo.

A eso de las 9:30, vi llegar al comienzo de la fila al coreano que había conocido en Cuenca. Habíamos estado subiendo por Ecuador hacia más o menos los mismos lugares en días distintos y, ayer, resultamos en el mismo hospedaje en Tulcán, ambos sin poder cruzar la frontera el día anterior.

Mientras esperaba en la fila, me puse a leer Cinco viajes al infierno: aventuras conmigo y ese otro, de Martha Gellhorn. De vez en cuando pasaba por la fila un señor con un fajo de billetes cambiando dinero. Después de leer un rato, cuando volteé a mirar a la niña acostada sobre la maleta, ya se había ido.

Luego de esperar unas tres horas, llegué a la ventanilla de migración. Le tomó apenas un minuto a la agente estampar mi pasaporte con la salida de Ecuador.

Después de migración, salí a la oficina de aduana de al lado para registrar la salida de la moto y, tras un par de minutos más, ya tenía todo listo para salir del país.

Ahora seguía la entrada a Colombia. Crucé el puente internacional en la moto y al otro lado estaban las oficinas de migración colombianas. En el parqueadero, varias personas me llamaban para que estacionara la moto. No me daba mucha confianza, pero no tenía otra opción. Más tarde me di cuenta de que solo querían ofrecerme cambio de dinero.

En la oficina de Colombia no había tantas personas esperando. Me tomó unos quince minutos hacer la fila y, cuando llegué a la ventanilla, la agente me preguntó si tenía BioMig. Antes de poder responderle que no, me dijo que sí tenía (aunque yo no lo sabía) y me envió a un torniquete con una pantalla, donde me tomó menos de diez segundos registrar el ingreso al país. Me había tomado toda la mañana, pero por fin estaba de nuevo en Colombia.

Se sentía bien estar de regreso. También se sentía algo extraño. Después de tres meses viajando en moto por otros países, ahora podía ver con nuevos ojos lo que era conducir en Colombia. Estaba un poco inquieto por cómo sería manejar en Colombia comparado con los demás países.

Si me dejara llevar por las primeras impresiones, creo que entrar a Colombia dejaría una buena imagen del país. Sentí a los otros conductores bastante respetuosos y la carretera hacia Pasto es una de las mejores vías que creo haber visto en todo el viaje.

Saliendo de la laguna de La Cocha se nubló todo el panorama y, después de tres días escapando de los aguaceros, por fin me alcanzaron. Fue aproximadamente una hora conduciendo despacio a través de la niebla y bajo la lluvia. Solo después de llegar al pueblo de Santiago, en Putumayo, fue que la niebla se disipó y el sol logró salir por un momento.

Al llegar a Sibundoy, me alegró ver cafés en la plaza principal con mesas para sentarse al aire libre. Suena simple, pero una de las cosas que más me hizo falta durante el viaje fue precisamente eso. En ninguno de los países que visité recuerdo haber visto un lugar en la plaza principal donde uno pudiera sentarse a tomar algo y ver pasar a la gente.

Luego de encontrar un hospedaje en el pueblo y comerme la arepa que tanto había extrañado, fue que se asentó por completo en mí el sentimiento de estar en Colombia: había llegado de nuevo a mi país.

Feliz noche,

Camilo Mazo


Camilo Mazo

Camilo Mazo es aventurero, fotógrafo y autor de Fukuoka to Naples. Ha viajado, trabajado y documentado culturas en Asia, Oceanía, Europa, Norteamérica, Centroamérica y Sudamérica, explorando perspectivas de vida de distintas culturas a través de sus relatos y fotografías.

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