Junio 23, 2026 — Día 110 — Sibundoy a San Juan de Villalobos (158 km)
Desde que amaneció hoy en Sibundoy, Putumayo, estaba lloviendo. También había llovido gran parte de la noche. Hoy el clima era especialmente importante, pues tenía por delante un camino que podía ser difícil.
Le llaman el Trampolín de la Muerte. Seguramente un nombre que han querido cambiar, pero es pegajoso y fácil de recordar. Se trata de un tramo de 40 kilómetros que conecta el Alto Putumayo con Mocoa. Una vía destapada, ondulante y angosta que sube y baja precariamente por precipicios de la cordillera Oriental.
Sobre el origen de su nombre, una noticia de Caracol lo resume de esta forma:
La tragedia más grande, y la que le dio el nombre de “El trampolín de la muerte”, ocurrió el 19 de julio de 1991. Ese día un bus con más de 30 pasajeros se atascó y generó un represamiento de otros buses y vehículos en medio de la carretera; el mal estado de la misma y el lodo generaron un deslizamiento en el que cayeron las dos laderas, dejando cerca de 200 víctimas fatales. La fuerza del derrumbe fue tal que una ambulancia fue hallada en la cresta de una montaña vecina; un “trampolín” directo al vacío.
Hoy, de todos los días, era importante que el clima se comportara. ¿Quizás podría esperar hasta mañana a que mejorara? Revisé el pronóstico. Había un 80 % de probabilidad de lluvia durante casi toda la semana. También podía devolverme y subir por Popayán, pero eso me tomaría más tiempo y podría perderme de algunos lugares que quería conocer. A eso de las 10 a. m., parecía que el cielo comenzaba a despejarse. Decidí adentrarme por la vía de terrible nombre y esperar lo mejor.
Arranqué preparado con impermeable puesto. Esto fue como invitar a la lluvia, porque apenas salí comenzó a llover de nuevo. A unos kilómetros de Sibundoy empezó la vía destapada.
Me adentré despacio y con cautela. Estaba lloviendo, estaba nublado y no quería convertirme en una historia más del Trampolín de la Muerte.
A pesar de ser una vía destapada y angosta, encontré que para una moto estaba en relativamente buen estado. No transitaban muchos carros o camiones, pero cuando aparecía alguno, casi siempre había espacio para hacerse a un lado y dejarlo pasar. Y si había algún precipicio aterrador, la densa niebla se había encargado de ocultarlo.
Todo iba muy bien. De pronto, empecé a sentir los pantalones mojados. No era que estuviera muy asustado. El impermeable tenía un pequeño roto por donde, poco a poco, se iba filtrando el agua hasta quedar empapado desde las caderas hasta las rodillas. Después de dos horas y ya a mitad de camino por el “trampolín”, paré en una tienda al borde de la carretera para calentarme un poco e intentar reparar el agujero.
Despacio y pitando en cada curva cerrada, fui avanzando lento pero seguro. Después de los 40 kilómetros, cuando ya le había cogido el tiro a la vía, reapareció el pavimento en los últimos kilómetros antes de llegar a Mocoa. Para entonces también se había despejado el cielo.
En Mocoa, lo que más se veía en las calles eran motos y camisetas de la selección de fútbol. Había olvidado lo que era estar en un trancón de solo motos. Buscando un poco más de tranquilidad, preferí seguir avanzando hacia el norte y hospedarme en algún lugar camino a San Agustín. Solo quedaban unos 70 kilómetros hasta un hospedaje que había ubicado en el mapa, pero debido a múltiples pares y sigas en la carretera, lo que debía tomarme una hora terminó tomando el doble. A las 5 p. m., justo cuando llegué al hospedaje, comenzó de nuevo una fuerte lluvia.
Feliz noche,
Camilo Mazo
Camilo Mazo es aventurero, fotógrafo y autor de Fukuoka to Naples. Ha viajado, trabajado y documentado culturas en Asia, Oceanía, Europa, Norteamérica, Centroamérica y Sudamérica, explorando perspectivas de vida de distintas culturas a través de sus relatos y fotografías.
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