Estaba llegando a Medellín, después de 115 días de viaje en moto. De Medellín a Buenos Aires, Argentina, y de regreso, pasando por Ecuador, Perú, Chile y Bolivia.

Había salido hoy de Ambalema sin ninguna intención de llegar a Medellín. Bajando por Las Palmas al anochecer, contemplaba la vista de la ciudad desde la montaña. Hace 115 días, este viaje existía solo en mi imaginación. Salía desde aquí mismo a una aventura que me retaría más que cualquier otra.

Los últimos días antes de llegar, había sentido un gran cansancio. Era el peso de miles de kilómetros recorridos con escasos días de descanso. Fue en San Agustín, después de llegar de San Juan de Villalobos (24 de junio, 92 km), donde tomé los últimos tres días de “descanso”. Allí, mis actividades se limitaron a: cambiar los frenos traseros de la moto, caminar por el pueblo y recorrer el Parque Arqueológico de San Agustín. Cada día estaba más cerca de Medellín y lo que me faltaba por recorrer no era nada comparado con lo ya recorrido.


Dos días antes de llegar a Medellín, salí de San Agustín rumbo al desierto de la Tatacoa (27 de junio, 272 km). En las afueras del pueblo, en un pare y siga, los conductores esperaban impacientemente. Las motos empezaban a saltarse el pare y a avanzar sin permiso (algo que hice una vez en este viaje y jamás repetiría). El paletero, desesperado por los bocinazos y las motos, dio vía a todos los vehículos al mismo tiempo que voceaba a los conductores quién sabe qué.

Al otro lado del pare, los carros se habían tomado ambos carriles, bloqueando el paso. Solo las motos podían cruzar el bloqueo por un angosto costado de la vía.

Mientras pasaba por el lado de los carros en contravía, se me salió la llanta trasera de la carretera y se atascó en la manga. La moto cayó al suelo y yo, asustado, intenté alzarla rápidamente sin éxito. Detrás de mí, un señor se detuvo y entre los dos logramos alzarla. Afortunadamente, la moto no había sufrido ningún daño.

Después de toda una tarde de manejar, pasando por Pitalito, el embalse de Quimbo y el tráfico de Neiva, a las 5 p. m. había llegado a Villavieja, pueblito por donde se ingresa al “desierto”.

Técnicamente, la Tatacoa no es un desierto, sino más bien un bosque seco tropical semiárido. De igual manera, hacía calor y se estaba oscureciendo, por lo que debía encontrar un lugar para acampar. Alejado de los buses de turismo y las cuatrimotos en alquiler, encontré un campamento donde podría armar mi carpa sin preocuparme por la bulla.

En la noche, con la luna casi llena y el cielo nublado, tuve que descartar el plan de ver estrellas. En vez de eso, antes de acostarme, me ocupé de adecuar la carpa para disminuir el calor, cociné una pasta con la estufa de camping y vi el partido del Mundial entre Colombia y Portugal en el kiosco del campamento.

La mañana siguiente, faltando un día para llegar a Medellín, salí de la Tatacoa con destino a Ambalema (28 de junio, 259 km). Además de la acampada, lo más divertido del desierto fue salir de este. Para no perder tiempo regresando a Neiva para retomar la carretera, la administradora del campamento me recomendó tomar un ferri de personas y motos entre Villavieja y Aipe.

Ya comenzaba a hacer calor cuando llegué al ferri en las horas de la mañana. En el borde del Magdalena, el ferri me esperaba, solitario y colorido. Una señora a un costado me indicó que subiera la moto y esperara al encargado que estaba desayunando.

Monté la moto al ferri. El Magdalena fluía tranquilamente. Minutos después llegó el encargado. Muy conversador, me preguntó acerca de la moto, mi recorrido y del partido de fútbol de Colombia. Al otro lado del río se veían algunas personas esperando. El encargado prendió el motor y cruzamos lentamente el Magdalena.

En la otra orilla, el camino continuaba por un angosto sendero de tierra. A través de puentecitos de madera y metal, crucé por varios campos, fincas y arroyos. Antes de uno de los puentecitos, una manada de vacas pastaba junto a sus terneros. Una de las vacas bloqueaba completamente el paso al puente. Me detuve cerca de ella, pero esta no mostraba intenciones de moverse.

Aceleré el motor y me acerqué más, pero no tuvo efecto en la vaca. Contemplando mis opciones, solo podía esperar. Estaba rodeado de vacas y terneros. Tenía la vaca enfrente, tan cerca que podía tocarla. Acerqué mi mano hacia su cabeza. Ella también la acercó. No parecía agresiva. Continué acercando la mano y ella su cabeza. Le acaricio la frente. Ella mueve su cabeza como para que la siga acariciando. Como si hubiera descubierto su contraseña secreta, después de acariciarla se quita del camino y me permite el paso libre.

Llegando a Ibagué, la carretera estaba rodeada de ocobos rosados (Handroanthus roseus) comenzando a florecer. La ciudad estaba en plena celebración del Gran Desfile Nacional de San Pedro, con sus calles en el centro bloqueadas y llenas de personas.

Después, en Ambalema, el pueblo también estaba de fiesta. Las personas bebían en la plaza principal y en los bares que la rodeaban. Hacía calor, pero esto no detenía la celebración.

Buscando hospedaje, me acerqué a una casa que aparecía en Google Maps como hotel. Al tocar la puerta, abrió un señor negando la existencia de cualquier hotel. Me recomendó un par de hospedajes en el pueblo, uno de ellos, a dos o tres casas a la derecha, era el hotel Barcelona, aunque no tenía ningún letrero en la entrada. Me mostraron una de las habitaciones, con una cama sencilla y una piedra en el piso para mantener la puerta cerrada. De lujoso no tenía nada, pero no tenía muchas alternativas. Después de acomodarme, y en medio de las celebraciones, seguí recorriendo el pueblo a pie.

Ambalema es Bien de Interés Cultural de Colombia. Sus antiguas casas están construidas en bahareque y pintadas de blanco, de techos bajos y pórticos con columnas de madera pintadas de verde. En su orilla con el Magdalena se encuentran el malecón y la antigua estación de tren. Esta era parte del ferrocarril La Dorada, que buscaba conectar la región cafetera con el Magdalena. El ferrocarril continuó impulsando la economía ambaleña con el auge tabaquero, donde se llegó a concentrar el 80% de la producción del país. Hoy en día, el tabaco y el ferrocarril han sido reemplazados por el arroz y los camiones.

El 29 de junio fue el día de regreso a Medellín (Ambalema a Medellín, 377 km). Dejé atrás el Magdalena y continué hacia el norte, cruzando verdes montañas rodeadas de aún más verdes campos de arroz.

A solo unos cuantos kilómetros de Ambalema se encontraban las ruinas de la antigua ciudad de Armero. Cubiertas de vegetación, las ruinas actúan como camposanto para las más de 20.000 personas que fallecieron en la avalancha de lodo (también llamada “lahar”) causada por la erupción del Nevado del Ruiz en 1985.

Entrando por los caminos de tierra que antes formaban las calles del pueblo, llegué a la antigua plaza principal, donde se erguían varios monumentos a la tragedia. Uno de ellos era una cruz con un hombre arrodillado frente a ella. Era la representación de cuando el papa Juan Pablo II visitó las ruinas meses después de la catástrofe.

Después de Armero, al comenzar la tarde, llegué al pueblo de Honda. En el parque principal, hice una parada para quitarme el caluroso traje de protección y refrescarme. Consideré pasar la noche en el pueblo, pero algo me decía que continuara hacia Medellín. Todavía faltarían un par de horas para llegar, pero podría pasar la noche en algún lugar en el camino si se hacía muy tarde o largo el trayecto.

Fue en el último tramo antes de llegar a Medellín cuando sentí en realidad lo que acababa de cumplir. Había llegado sano y salvo a la misma ciudad de donde había salido 115 días atrás.

¿Qué no es posible? Eso pensaba mientras contemplaba la vista de la ciudad desde el alto de Las Palmas. Sabía que era un sentimiento que poco a poco se iría olvidando. Pero hoy, y quizás los siguientes días, sabía que cualquier proyecto era posible, por más loco que pareciera.

Los días siguientes serían de organizar todo lo que llevaba conmigo. Esos tres contenedores montados en la moto que por cuatro meses fueron todo mi equipaje y posesiones. Serían días de reencontrarme con seres queridos, con espacios de confort y con la comida que tanto extrañaba. Esa sencilla arepa que tanto me hizo falta en los desayunos, la que tuve que reemplazar por los múltiples tipos de panes que iba encontrando en el camino.

Pero nada de eso sería para hoy. Hoy que finalmente había completado el viaje. Llegué tan lejos, recorriendo diariamente cientos de kilómetros, cruzando fronteras y resolviendo problemas que surgían en el camino.

Esta es la última entrada de la serie “Cruzando Suramérica”. Gracias a las personas que estuvieron presentes durante el viaje. Saber que había personas esperando una siguiente entrada me motivaba (y a veces asustaba) cuando los días habían sido largos o sentía el cansancio de los kilómetros recorridos.

En camilomazo.com he incluido en cada entrada un mapa interactivo con la ruta recorrida, su distancia, elevación y algunas de las paradas hechas en cada ruta.

Gracias por leer estas entradas.

Feliz noche,

Camilo Mazo


Camilo Mazo

Camilo Mazo es aventurero, fotógrafo y autor de Fukuoka to Naples. Ha viajado, trabajado y documentado culturas en Asia, Oceanía, Europa, Norteamérica, Centroamérica y Sudamérica, explorando perspectivas de vida de distintas culturas a través de sus relatos y fotografías.

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